miércoles, 7 de noviembre de 2012

El caso de Meridia Brahe


Elisabeth no apartaba la mirada por donde había aparecido aquella mujer, todo indicaba que aun no se había percatado de su presencia. También había confirmado que no se trataba de Virginia cuando salió por completo de lo que parecía el baño. La mujer se secaba el pelo con otra toalla.
-esto…-dijo Elisabeth-perdón por aparecer de pronto en su habitación…jeje-
No hubo respuesta por la otra parte. Lanzo la toalla con la que se secaba a la cama, revelando su cara. Definitivamente, era totalmente morena. Su pelo era negro, casi tanto como el carbón, liso y un poco por debajo del cuello. Miraba de un lado a otro, parecía buscar algo, algunas veces miro en dirección a la asombrada chica que permanecía estática al lado de la cama. Al fin encontró lo que buscaba. Su redonda cara de tez morena y ojos violetas se arrugo levemente en una sonrisa. Los labios no destacaban tanto y su nariz era de lo más normal.
Finalmente soltó la rosa bata que tapaba el resto del cuerpo, Elisabeth no dudo en taparse los ojos con las manos y pedir sucesivos perdones.
-que guapa…-murmuro la chica.
Tampoco era para tanto. Debía llegar escasamente al metro setenta, sus rasgos eran de lo mas suaves y curvos, sin llegar al extremo que todo lo deforma. Las caderas eran un poco mas anchas de lo normal y la cintura le andaba a la zaga. El vientre plano y unos pechos que muchas envidiarían hasta el punto de hacer insinuaciones insidiosas de esas que son contestadas con ingenio y una pizca de chulería.
Elisabeth alternaba la mirada entre su cuerpo y el de la desconocida, se olvidaba por completo de que no estaba donde debería estar. Solo le interesaba comparar su cuerpo con el de la otra mujer, su orgullo no se amilanaba ante nada y seguía afirmando que su físico era insuperable. A falta de un observador imparcial, lo dejaremos en un forzado empate.
En todo esto la chica ya estaba vestida, con un gusto más que aceptable. Falda negra hasta las rodillas con una tímida abertura en la parte derecha y unas medias marron oscuro. Llevaba una blusa blanca, abotonada hasta el cuello, sin nada de escote. Miro hacia la ventana, donde debería de haber una muchacha que ella no parecía percibir, cosas del espacio-tiempo y la percepción de la realidad, hacía sol. Aunque algunos tejados estaban cubiertos por nieve, asi que no dudo en quitarse la blusa para coger una camisa de manga larga y luego colocar encima la blusa. Por ultimo, se acercó al escritorio, para ponerse un abrigo, que le llegaba unos centímetros por debajo de la cintura, colocarse un fular al cuello de color azul claro, un coqueto gorro de lana y unos cuantos libros.
-ánimo Meridia-dijo la chica haciendo que Elisabeth abriera los ojos y la boca de par en par- tienes que dar una buena impresión de ti misma, demostrarles que no eres una montañesa más y conseguir esa beca de estudios aquí, en Helvett-
Se acercó a la  puerta para salir de su hogar.
-¡espera!-grito Elisabeth que salió a duras penas de la habitación antes que la otra chica e interponerse en su camino-¿Eres Meridida Brahe? ¿La que escribió aquellos libros sobre las esferas?-
Pero paso de largo sin hacerle caso. La siguió por un corto pasillo hasta unas escaleras de caracol. Piso a piso, unos cuatro contaba Elisabeth, bajaron para salir a la calle. Aquella ciudad no parecía ser Ravinica. Para empezar los edificios de la zona donde estaba eran de más de cuatro pisos y las calles, al menos la que podía ver, discurría en un llano. Tampoco analizo mucho más el lugar pues quien parecía evitarla se alejaba y no quería perderla de vista.
Las calles estaban a rebosar de gente, incluso pasaba algún que otro coche, para nada tan moderno como en la Tierra, pero si parecidos a los primeros modelos del siglo XIX. También había carrozas de aquí para allá. En un cruce giraron a la derecha. Desde ese punto se podía ver el mar al final de la calle.
-¿Dónde estoy?-se pregunto Elisabeth girando sobre si misma-no se parece en nada a Ravinica, allí hay un puerto, no hay apenas soldados…y esa mujer que dice llamarse Meridia murió hace unos veinte años-
Trato de tocar a la chica y contemplo como su mano le atravesaba el hombro.
-¿¡que!?-nadie reparo en ella pese al grito-¿soy un fantasma?-
Muchas dudas le asaltaban, uniéndose a las que ya tenia. Este momento era otro extraño punto más en su vida. Llevaba una temporada de lo mas nefasta y le costaba acostumbrarse, casi lo había logrado pero ahora aparecía en otro lugar y puede que en otro tiempo.
Caminaron y caminaron, la ciudad debía ser enorme. La intermibale calle llegaba a su fin frente al puerto, situado unos metros por debajo de la calle, un lugar que bullía de gente.
Meridia lo contemplaba mientras caminaba. Pocas veces había podido ver el mar hasta entones, ahora lo veía cuando quería, no era raro verla pasear por los malecones y el puerto. Mucho más le gustaba su destino.
En una isla, en lo que parecía el delta de un gran rio, sobresalía un castillo. Permanecía unido a la ciudad por medio de cinco puentes y al del lado derecho se dirigía Meridia. Elisabeth boquiabierta caminaba asombrada por el castillo. Cuanto mas se acercaba mas majestuoso le parecía, y a la estampa le había que sumar los barcos de vela que pasaban a su alrededor, los pájaros volando, el sonido y el olor del mar. En nada se parecía al palacio de Ravinica, que era una miniatura en comparación.
Cruzaron el puente, el cual era un gran arco de piedra blanca sobre el mar, sin mayor problema. Se acercaron a una de las puertas. Meridia se había parado y rebuscaba algo en su bolso.
-como lo halla olvidado estoy arreglada-decia-¡aquí esta!-
Recogio los libros del único lugar seco que encontró y se encamino a la puerta. Un guarda se acercó y ella entrego el papel que había sacado del bolso antes. El guardia se cuadro ante ella y esta le devolvió una sonrisa de cortesía. Elisabeth observo que los guardias tampoco podían verla, había agitado la mano frente a uno de ellos sin ningún tipo de respuesta, así que continúo detrás de Meridia.
Subieron unas escaleras hasta una gran puerta que les fue abierta y entraron dentro del castillo. Si el exterior era majestuoso el interior era sobrecogedor. Frente a ellas aparecía una escalera que Elisabeth reconoció al instante, como que la había visto la noche anterior en la casa de aquel dichoso consejero.
-esto es… ¿Helvett?-se pregunto-creo que, de alguna forma, he viajado en el tiempo. Tampoco quiero saber cómo lo he hecho, al menos me quedare con la convicción de que soy la primera humana en hacerlo, al menos la primera mujer. Y por el momento creo que no voy a preguntarme por la salida, eso hará mi vida un poco más fácil y alegre-
Meridia se había parado mirando de un lado a otro. Alguna persona pasaba de vez en cuando, alguna que otra corriendo. Al rato llego un hombre.
-disculpe mi tardanza, señorita Brahe-dijo-estamos teniendo algunos contratiempos con el tribunal-
-no tiene por qué disculparse, mayordomo Sams-
-mientras tanto, le ruego que acepte nuestra hospitalidad y me acompañe al salón de invitados, es lo menos que puedo hacer en estos momentos-
-por favor, deje de disculparse-dijo Meridia con toda educación-no estoy molesta, me imagino que la transición entre el viejo y el nuevo rey es algo bastante problemático-
-no se hace usted una idea…-
-sin embargo, creo que podre molestarle en algo-
-¿de que se trata?-
-he oído que su nueva Majestad es alguien bastante sabio, una verdadera eminencia-
-tiene sus momentos…pero lo es, sí-dijo el mayordomo- ¿quiere algo de su persona?-
-me gustaría conversar con el, alguien de su talla intelectual podría ser útil en mis investigaciones-
-concertaré una cita con su Majestad, no obstante, entienda que ha de tratar otros asuntos primero. Ya hemos llegado-
-por supuesto, no tengo prisa. Supongo que estaré en la ciudad un tiempo en caso de no recibir la beca de estudios. Gracias por todo, Heristal. Por cierto, mi padre le envía saludos-
-oh, gracias. ¿Cómo se encuentra su padre? Hace años que no veo a William-
-bueno…él esta…ya sabe, enfrascado en sus quehaceres-
-no le ha gustado que su única hija, la mas joven de todos, se fuera tan lejos ¿verdad?-
-no mucho…no…-
-no se lo tenga en cuenta, siempre ha sido así, su cargo lo exige-
-lo se…en fin, gracias por todo-
-si me disculpa-
El mayordomo se fue cerrando la puerta tras de si. La chica se acomodó en uno de los grandes sofás de la habitación. Poso sus libros y se quito su abrigo, el gorrito y el fular. No dudo en sentarse, había caminado mucho, y contemplar aquella habitación.
De planta rectangular, solo un lado corto tenia ventanas y el otro la puerta por donde había entrado. En los lados largos había alguna estantería. Ella estaba en un sofá grande frente a una estantería y había otros sofás más pequeños, enfrentados y en medio una mesa, junto a la ventana. En uno había una persona o un periódico sujetado con dos manos, pues era realmente grande.
Meridia pronto reparo en el periódico sujetado por dos manos. De vez en cuando la persona dueña del pedazo de papel lo bajaba para echar un ojo a la sala. Lo hizo un par de veces antes de posarlo. Detrás del periódico había un hombre, joven a juzgar por su aspecto. Pelo negro corto, barba de tres días, piel clara y ojos oscuros. Permanecía sentado con la pierna derecha sobre la izquierda.
-una norteña ¿aquí? ¿Qué te trae tan lejos de tu casa?-empezó sin previo aviso.
-¿disculpe?-
-creo que no me entiende… ¿Qué…le…trae…por…aquí…?-dijo despacito.
-le…entiendo…perfectamente-contesto Meridia-además, no soy una norteña, soy ciudadana de Firensa…espera ¿¡por qué hablo con un desconocido maleducado!?-
-así que de Firensa ¿eh?-dijo el chico y se levanto-también este muy lejos de Helvett, aunque la Liga sea un país vecino. ¿Le gusta la ciudad…?-
-si. No le voy a decir mi nombre a alguien como usted. Además, ¿Qué hace un niño como tu por aquí? ¿No deberías estar escolarizado o es que aquí aun trabajáis?-
-eso duele-se quejo el chico-pero mi edad no es importante-abrió la puerta y miro furtivamente-lo que importa es donde puedo ocultarme…-murmuro.
-encima eres un prófugo-
-podría quedarme a discutir, pero no tengo tiempo. Adiós-
Se fue dejando a la chica con la palabra en la boca.
-que maleducado-dijo después de ver como se cerraba la puerta.
Elisabeth contemplo la escena, obviamente sin hacer nada ya que parecía ser incorpórea. Aquella persona también le había parecido bastante descortés, pero tampoco le iba a dedicar muchos pensamientos, salvo que le recordaba a alguien que no lograba ubicar. Los minutos pasaban y Meridia se impacientaba. Se suponía que un tribunal le transmitiría su veredicto y podría saber por fin si obtendría la beca. Ese acontecimiento debería de haberse producido hacia una hora, pero parecía que su espera iba para largo. De vez en cuando escuchaba pasos y gente correr al otro lado de la puerta.
-si que da problemas la transición-murmuro-para creerse tan civilizados a veces dan la imagen contraria-
En eso alguien llamo a la puerta, era el mayordomo.
-lamento el tiempo que ha perdido, el tribunal ya esta preparado. Si hace el favor de acompañarme acabaremos el formalismo lo más rápido posible-
Rápidamente recogió sus bártulos y se fue. Elisabeth salió justo antes de que cerrasen la puerta, debía practicar mucho si no quería quedarse encerrada en cualquier habitación.
Al llegar al salón de actos esperaba que todo estuviera dispuesto, mas el rey parecía indispuesto. Estaban allí, frente a Meridia, engalanados para la ocasión el rector de la Universidad de Helvett y un experto en artes mágicas enviado desde la Escuela de Magia de  Solfed.
-permítame disculparme en nombre de todo el tribunal, señorita Brahe-dijo el rector, un hombre bajo y rechoncho-nos disgusta tanto como a usted esta espera, pero puedo adelantarle que su trabajo es de lo mas sobresaliente que he tenido en mis manos desde hacia mucho tiempo-
Adulaciones, pensaba Meridia, y no había venido desde tan lejos para recibir algo que su propia madre podría darle en grandes dosis.
-convengo con mi compañero en la calidad del trabajo, mas ¿seguro que puedo arrojar luz a la leyenda de las esferas? Incluso nosotros creemos que son un cuento infantil, una mera explicación ficticia del origen de la magia-
-y son el erigen, excelencia-intervino la chica en su defensa, ya que estaba allí no se iba a callar la boca y esperar mas alabanzas-pretendo probar su existencia con esta beca-
-cierto, pero ¿solo se basara en las escasas fuentes antiguas para sus pesquisas?-dijo el rector con voz aguda.
-algunos textos, pocos a decir verdad, hablan de localizaciones-
-no demasiado concretas-dijo el mago.
-lo suficiente para ser convenientemente investigadas, señorías. Es más, uno de los textos menciona el lago Stilequia como la posible ubicación del lugar donde se rompió el sello que las guardaba-
-he oído esas leyendas, nunca hemos encontrado ninguna prueba en Solfed. Créame, hemos buscado-dijo antes de que Meridia dijera algo.
-no obstante…-
Al otro lado de la puerta situada cerca del estrado se escuchaban voces. La puerta se abrio y entro Herisatal, el mayordomo, cogiendo de un brazo a un chico.
-disculpen la tardanza, su Majestad estaba indispuesto-dijo empujando al chico hacia el estrado-por favor, la señorita Brahe ha perdido toda la mañana, prosigan-
El chico se fue a su sitio y una vez sentado clavo la mirada en la chica. Esta le devolvió una de total asombro.
-así que la desconocida no norteña de antes se llama Meridia Brahe. Que sorpresa volver a vernos tan pronto-
-¿tú eres…?-
-si vas a decir que soy de quien depende tu carrera, si, estas en lo cierto. Para lo demás, Majestad y derivados-
-¿Cómo es posible que un crio de tu edad sea rey? Este país es de locos-
-para tu información, querida Meridia, soy un año mayor que tu y de sobra capacitado para gobernar este manicomio. ¿Entiendes…?-
Un simple carraspeo de Heristal silencio a su Majestad, cosa que no paso desapercibida para el resto del tribunal y que en privado seria motivo de burlas. La opinión pública estaba encantada tras la elección del rey mas joven en la historia de Salduvia, veintidós años. Sin embargo, aristócratas y demás lo veían como un chiste de mal gusto. Elegido por un consejo de regencia, no hubo pocas voces en contra enarbolando la juventud del pretendiente y la supuesta mejor capacidad de cualquier noble.
-en fin, vayamos al grano y acabemos con esto ¿les parece bien? Estimados compañeros de tribunal-
Tanto el rector como el mago asintieron y el rey se levanto.
-Meridia Brahe, ciudadana de Firensa y una de los más de cien solicitantes de esta beca, contéstame a una pregunta-
La crispación empezó a cundir entre todos los presentes, parecía que su Majestad podía perder todo el tiempo que quisiera.
-¿crees que debes recibir una beca tan cuantiosa?-
-si-dijo con firmeza la chica.
-vaya, que convicción. He leído varias veces el trabajo y no esta mal, aunque hables de cosas que en su mayoría son consideradas una fantasía-fue fulminado por la mirada de la chica y se notaba que él se divertía provocándola-me gusta tu arrojo, perseguir un sueño hasta el final sin miedo a lo que te digan. Creo que tienes bastante potencial y eso es bueno para el reino. Por mi, tienes la beca. Que conste que no es un acto de favoritismo por ser la hija de un gobernante extranjero, solo eso peso bastante en tu contra. En fin, mis dos colegas te podrán ofrecer algún que otro comentario técnico al respecto-
Se sentó y dejo hablar a los otros miembros del tutorial. No dudo en repanchigarse en la silla para contemplar a la mujer que tenia en frente. Ella hablo poco, dejo que el rector y el mago dieran sus comentarios lo mas rápido posible, no era tonta y sabia que ya tenia la beca en su bolsillo. A fin de cuentas su palabra era ley.
La sesión no se alargó mucho mas, le mandaron salir para deliberar y al rato entro para confirmar lo que ya sabía. Él se fue nada mas acabar, precedido de su mayordomo, y ella aun tuvo que aguantar alguna charla anodina hasta que pudo irse a comer. Debían de ser las tres de la tarde, había perdido toda la mañana entre esperas y tonterías, ahora solo quería comer y quizás no hacer nada más en los días venideros.

Elisabeth no pudo hace mucho mas que seguirla, ¿Qué iba a hacer? Era una especie de fantasma en el pasado de un mundo que en su futuro ya le resultaba desconcertante en mas cosas de las que una planta bebedora de te podría imaginar, que tampoco eran muchas la verdad.
Hacia las nueve de la noche llego a su casa, se paso la tarde dando vueltas por la ciudad para matar el tiempo y hacer que cierto pseudofantasma femenino se acordara de toda su ascendencia. Tiro los libros que llevaba en la cama, se despojo del abrigo y demás para dejarse caer sobre una butaca. Luego escribiría una carta para informar a su padre de la buena nueva, aunque ya se la debía imaginar. Al poco se levanto, fue al escritorio de madera y vio un sobre lacrado.
-esto no estaba aquí por la mañana…este sello mes es familiar-abrió el sobre con cuidado- estimada señorita Brahe…bla bla bla… le informo de que bla bla bla… ¡vaya! Si que se han dan prisa, y es una invitación personal de su Majestad August Ravel-por instante se quedo en silencio viendo la carta- pero que nombre mas rimbombante tiene el pobre-
Estuvo riéndose un buen rato, incluso lloro de risa. Los nervios y la tensión de los esfuerzos pasados se diluían. Al fin había logrado lo que quería. Se quito la blusa y demás para ponerse su ropa para dormir. Al cuello llevaba un curioso colgante de perlas. Su disposición era de los más normal, cualquier orfebre en la Tierra podía replicarlo sin mucho esfuerzo. Aunque tendría dificultades para lograr la disposición de las perlas pues la del centro era mayor que las demás y las de cada lado iban empequeñeciendo con respecto a las otras hasta dejar ver el cordal metálico que las unía, el cual parecía surgir de las últimas perlas. Lo más complicado de replicar, si es posible, es el color de las perlas. La central era roja, de un tono sanguinolento que se mantenía hasta que las últimas se tornaban blancas y las anteriores eran mitad blanco mitad rojo.
Lo poso con sumo cuidado en el mueblo para contemplarlo por un instante, sonrió con ternura y acaricio la joya, luego se fue a hacer esas cosas que suelen hacer las personas antes de irse a la cama a dormir.