jueves, 25 de octubre de 2012

Ravinica: preludio a la Noche.

Antes del atardecer una de las sirvientas de Rais se dejo caer por el palacio. No iba sola, la acompañaba Carl F. Montgomery cargando con varios petates. Los guardias de la entrada la conocían desde hacia años, era la sirvienta mas veterana del consejero, y no dudaron en dejarla pasar. Tampoco dudaron de las intenciones del desconocido, que no alzaba mucho la cabeza por lo que pudiera pasar.
Atravesaron patios, pórticos y pasillos varios sin que nadie reparara en ellos dos. Aprovechaban un cambio de guardia rutinario dentro del edificio para llegar a donde los chicos les esperaban. La sirvienta pico a la puerta con toda la educación en menesteres serviles que esta poseía y Virginia la correspondió abriendo la puerta. Entro y pidió a los chicos que metieran dentro los petates con distintos ropajes para que se los probaran. A Sraz le había parecido todo muy repentino, dada su desconfiada naturaleza, no pudo evitar estar presente en ese preciso momento. Las chicas se fueron a la otra parte de la estancia a probarse distintos vestidos sin miradas insidiosas y muy interesadas, sobre todo de Lucas.
Los otros tuvieron que esperar sentados a que eligieran la ropa de gala, algo que según la mitología puede tornarse en algo eterno o en su defecto desesperadamente largo. Tuvieron suerte y a los pocos minutos salieron con sus ropas en la mano. Luego pasaron Lucas y Steven tardando  casi lo mismo que sus compañeras. Desde luego los trapos que Rais les cedía con toda su buena voluntad eran pocos y no muy destacables. Se notaba que el consejero no se tomaba esto como un honor, era más una obligación que había aceptado a regañadientes.
Tenían un par de horas antes de la cena, la sirvienta dedico un tiempo a exponer los pormenores y protocolos que debían mantener antes, durante y después de la cena. Lucas pregunto si habría un afterhours. Steven respondió con una colleja a su pregunta. Era de suponer que no estarían tanto tiempo en la mansión del consejero como para ver el amanecer y pasárselo bien.
Una vez finalizada su labor la sirviente se fue dejándolos con sus nuevos vestidos y constatando que la moda, cuanto menos, había abandonado Salduvia como alma que lleva el diablo. De entre toda la ropa que les ofrecían, las chicas se conformaron con lo mas discreto, pues lo demás eran horrendamente recargado, colorido y excesivamente escotado, en lugares ignotos incluso, para los cánones occidentales. Elisabeth opto por una falda larga de un apagado tono rojizo, escogió una chaquetilla a juego y lo demás lo pondría de su propio vestuario, el cual ascendía a la ropa que tenia al llegar de la Tierra y la que le había dado la resistencia. Virginia eligió un vestido azul marino, no quería complicarse la vida y el vestido tampoco lo debía haber querido en su momento. Salvo algún motivo, como unas olas de mar dibujas por aquí y por allá, no era de lo más destacable, pero le había hecho gracia el cinturón de tela que tenia que poner para ceñirlo a la cintura.
Steven había elegido un elegante frac que le llegaba a la rodilla, pantalones negros y una camisa blanca, con algún bordado en oro. Ante tal trascendental decisión Lucas decidio no complicarse la vida e ir con ropas similares a las de su amigo, aunque le daría un toque mas desaliñado al conjunto.
Se fueron preparando poco a poco ante la observación del capitán. Su olfato le obligaba a no dejarles en ningún momento, pero fuera del palacio el ya no podría hacer nada. Estarían solos con es víbora y lo que tuviera planeado. Les hablo de que esperaran cualquier cosa del consejero, no dudaría en sacarles toda la información que pudiera e incluso les convencería de que su causa era la correcta si veía la oportunidad. Obviamente no sabia que es lo que tenia preparado, le había cogido por sorpresa y no tenia contramedida alguna. Podria pedirle ayuda a Miranda, pero eso podía empeorar las cosas pues comunicarse con ella seria complejo sin poder salir y seguro que ella también se encontraba bajo vigilancia.
El tiempo paso y unos guardias fueron a escoltar a los selladores a la casa del consejero. Estos soldados formaban parte de la guardia personal de Rais, como casi todos los que guardaban la ciudad, el palacio lo custodiaban guardias elegidos por Larissa bajo el mando del coronel Davis. Él se enorgullecía del pequeño ejército que había logrado reunir en los últimos años, aunque muchos desconfiaran de sus intenciones.
En nada llegaron a su destino. Era una casa de lo más modesta para tal personaje y desentonaba con las demás en su austeridad. Les recibió la misma sirviente que horas antes les había llevado la ropa, les dio las gracias por venir y les precedió al entrar. Dentro la cosa cambiaba radicalmente. Resultaba que la casa era una metáfora del propietario: daba la apariencia de ser sobria y noble por fuera, a quien lograba engañar, y por dentro mostraba su verdadero y retorcido carácter.
La decoración haría palpitar de júbilo al mayor artista del rococó francés. Recargado, grandilocuente, grotesco, deslumbrante…eran pocos los calificativos para tal obra de mal gusto que expresaba por si sola la mente de su diseñador. Les esperaba en las escaleras del hall, brillante con su ropa dorada.
-buenas noches, mis queridos niños-dijo y Elisabeth no pudo contener una arcada-bienvenidos a esta, mi humilde morada-esta vez la arcada la tuvo Steven.
Bajaba por las escaleras, de un mármol blanco y centelleante, con seguridad lo único regio de toda la casa.
-puedo preguntar de dónde ha sacado semejante obra-pregunto Steven señalando la escalera-pocas escaleras se ven así en mi mundo-
-oh, ¿esta poca cosa? La mandé traer pieza a pieza del ruinoso Palacio Real de Helvett. Piedra a piedra la arrancaron. No es del todo de mi gusto, pero transmite un poder colosal ¿no crees? Tú, el que esta tan interesado en el arte-
-sin duda, consejero Rais- respondió el chico.
-bueno, bueno-decía el consejero mientras bajaba- veo que vosotros conocéis mi nombre, pero yo no tengo el honor de conocer los vuestros, un lamentable efecto secundario de mi cargo-
Se acercó a los chicos, ninguno quería hablar primero, caminaba en torno a los cuatro escrutándolos con la mirada. Virginia no pudo evitar un escalofrió cuando paso por su espalda. El hombre no dudaba en recrearse en lo que veía.
-jovencita-puso las manos en los hombros de Virginia, quien fue recorrida por un respingo- ¿podrías empezar tu con las presentaciones?-
Miro a los demás y estos le devolvieron la mirada.
-me…me llamo Virginia Pilsen, señor-dijo temblorosa-es un honor poder estar aquí, en su hogar y pasar esta…velada-
Respiro aliviada cuando se fue de su espalda. Su porte no era suficiente como para intimidar o impresionar a nadie, y sin embargo, transmitía cierta aura de poder que no dudaba en demostrar a los demás. Como, por ejemplo, tomarse todas las libertades que quisiera con aquellos que consideraba inferiores, los cuales ascendían comparativamente a la población entera de un pequeño país que se dedicara con toda parsimonia y tranquilidad a la cría de cualquier tipo de ganado para vender su carne o leche.
-vosotros dos…-se refirió a Lucas y Steven, a estos ni se les arrimo.
-mi nombre es Steven Linberg, señoria. Como mis amigos aquí presentes, vengo de un lugar llamado la Tierra y…-
-esos detalles no me son interesantes, joven. El Oráculo se encargó bien de difundir a los cuatro vientos que no seríais de Ati´un, vuestro cometido y esas supercherías que se dedica a graznar. No es mas que una vieja con delirios. Tú-señaló a Lucas por la espalda.
-Lucas Ingram, señor Rais. Un placer conocerle al fin-
Quedaba Elisabeth. Los tres la miraron al unísono cuando el consejero se acercó a ella y la vieron sumamente tranquila. Firme en su sitio al lado de Lucas y con la mirada al frente, parecía un tanto abstraída. Le miro de reojo cuando se situó a su espalda, Virginia se esperaba lo peor.
-solo quedas tú…-puso sus manos sobre los hombros, al igual que había hecho anteriormente y acerco su cara al cuello de la chica-¿Cómo he de dirigirme a ti?-termino por susurrarle.
Los chicos permanecían en tensión y esta podía cortarse con cualquier cosa que tuviera un mínimo de filo. Sabían de su temperamento, habían visto la osadía de aquel tipo y nadie apostaba por dormir en su cama esa noche, ni las siguientes. Visiones de todo tipo asaltaban sus mentes: puñetazos, un grito desgarrador seguido de un puñetazo, un bofetón, mordiscos…y la cosa podría empeorar si había ensañamiento.
-su excelencia-empezó la chica sin inmutarse-mi nombre es Elisabeth Zaragoza. Le doy las gracias por invitarnos a su bello palacete, sin duda tiene usted un buen gusto, digno de un rey. Por otro lado, le pido disculpas por los altercados de esta mañana, no era mi intención y estoy totalmente arrepentida si he causado molestias-se giro realizando una reverencia. Con eso se alejó de las manos de Rais que ya bajaban por la cintura.
-no me esperaba tanta educación-dijo realmente sorprendido-no te preocupes, vuestros desaguisados no son nada comparado con gobernar un reino. Sentiros como en vuestra casa pues. Marion os acompañará en todo momento-
La sirviente apareció como por ensalmo al lado de su señor. Con una reverencia se acercó a los chicos, mas calmados tras las presentaciones, y  les señalo cortésmente una habitación situada a la derecha.
-si hacen el favor, síganme al Salón Rojo. Allí dispondremos la cena. Les ruego que disculpen al señor, ha de atender otros asuntos y en breves volverá a honrarles con su presencia-su voz era suave y melodiosa.
La seguían a unos pasos de distancia, en grupo.
-lo has hecho bien, Eli-dijo Virginia-ese tío no es mas que un pulpo-
-nada del otro mundo, Velvet-dijo Elisabeth-sabes que ya estoy acostumbrada a estos tratos. Le iba a pegar un buen castañazo, pero creo que no era un buen momento-
-gracias al cielo-intervino Steven-me imaginaba que hoy dormiríamos en la mazmorra del palacio, Lis, si es que tienen-
-ya esta otra vez-dijo Elisabeth a Virginia una vez que el chico se alejó.
-sigo sin entender por qué te molesta. Es muy bueno con todos ¿tendría que no serlo contigo? ¿Prefieres que se comporte como Lucas? Tan solo es amable, todos estamos en el mismo lio, Eli. Deja de darle vueltas-
-no se. Es un tipo raro. Unas veces es distante y frio, como si no quisiera a nadie cerca. Otras…es cercano y cálido, pero sin ser interesado ¿Por qué?-
-¿tanto temes acabar sintiendo algo por él?-susurro Virginia-porque es lo mejor con lo que te has cruzado-
-¿él ha dicho algo?-
-por lo menos a mi no, y eso que hablo mucho con él. No hace ningún comentario que indique nada en ese sentido. ¿Quieres que intente sonsacarle algo?-
-no hace falta, tampoco me interesa-
-está bien-dijo Virginia encogiéndose de hombros.
Por su lado, Lucas, contemplaba aquella grotesquidad crónica que parecía ser el palacete de Rais. No entendía mucho de arte, en las clases de dicha materia dormía o hacia los deberes de otra asignatura, pero aun así le parecía horroroso. Él la decoraría de otras maneras menos llamativas y deformes. Caminaba detrás de Marion, alejado un poco de los demás. Pensaba en lo a gusto que estaría en su casa, en la Tierra, como echaba de menos su casa. Sin Dione. Al día siguiente todos podrían descansar, no entrenarían por aquello de tener un poco de respeto hacia aquellos que han sido invitados a una fiesta. Ella no hacia excepciones por nada. Así que rezaba, a quien le escuchara, para que el vejestorio se diera prisa en decir lo que tuviera que decir.
El Salón Rojo era toda una cacofonía colorida. La habitación en si era de lo más normal: un mero rectángulo con dos puertas en un lado largo y unas ventanas en el otro. Hasta ahí todo bien. La geometría era bien conocida por todos. El techo tenía en sus extremos molduras de yeso, recargadas a mas no poder, y el centro una enorme lámpara de araña iluminando todo el lugar. Ahora bien ¿Por qué todo era de color rojo? Se preguntaron todos a la vez.
Durante un instante se creyeron en la habitación prohibida del castillo de Barba Azul, pero no había cadáveres de mujeres, al menos a simple vista, salvo una planta bebedora de te disecada. Rais era malvado, muy malvado.
Rara vez los sentidos logran sobrecargarse, en esos casos se produce el Síndrome de Stendal, aunque en este caso sus cerebros estaban apunto de declarar una huelga en contra del maltrato sensorial mas que por la perfección del lugar era por el color rojo.
Ese hombre era retorcido y de gustos exagerados. El techo, las alfombras del suelo, las cortinas de las ventanas, los muebles, las estatuas (salvo la planta bebedora de te que era verde y parecía indignada) y en general todo era rojo. Una maldita y dichosa convención del color rojo parecía aquello. Y en medio de todo estaba Marion con su camisa blanca y falda negra. Ella sonreía y para nada parecía desorientada. Mas las opiniones de los cuatro selladores no tardaron en oírse.
-¡¡puto demente!!-grito Lucas cayendo al suelo y golpeándolo con las manos repetidas veces - ¡lo has estropeado todo…! Maldigo el arte, la pintura al oleo, al fresco y al acuarela. Todo antes era hermosa y ahora…ahora…-acabo en el suelo llorando en posición fetal tratando de capear el temporal.
-joder…-dijo Steven entre espasmos y justo antes de que una espuma blanca brota su boca, desencajada, y cayera al suelo.
Virginia tan solo corría desaforadamente por la habitación demostrando una capacidad de navegación digna de una abeja, pues, un mueble no se diferenciaba de otro igual. Salvo la planta bebedora de te. También gritaba como si tuviera un avispero en el cerebro.
Elisabeth se mantenía en pie.
De brazos cruzados.
Mirada al frente, hacia Marion.
A si misma se decía:
-no dejes de mirarla, no dejes de mirarla. Si dejas de mirarla acabaras como los demás. Concéntrate en ella, se ella…hey, ¿Qué es eso rojo?-
Y cayó a plomo al suelo.

Un grupo de criadas, de las muchas bajo la gobernación de Rais, se dedicaban a prepararle para la cena. Realmente no le importaba demasiado, pero había que mantener las apariencias, los electores sabían que podrían contar de él por ahí. Nada que ya no se supiera.
-oh, tú otra vez-le dijo a Montgomery, quien entraba en la habitación manchando las alfombras con el barro de sus botas-¿Dónde has estado estas ultimas horas? Marion creyó que te habían descubierto…en aquello que te hayan encomendado-
-tu esclava se equivoca, Josef Rais-dijo el norteño con extraño acento-aun no he terminado mi misión-
-una verdadera lastima. En cuanto a esa afirmación de que tenga esclavos…-
-no vengo a hablar acerca de vuestras costumbres ¿están aquí esos selladores?-
-si, esa chusma llego hace una media hora. Les estoy haciendo esperar un rato prudencial, puro protocolo-
-sin duda. Recuerde sus órdenes: hágales confiar en usted. Por lo demás ¿alguna novedad de su líder, Larissa?-
-esta tarde ha llegado un emisario suyo. Informó de que llegará pasado mañana ¿cambia eso de alguna manera tus misteriosos planes?-
-quizás si, quizás no-dijo tan solo el norteño-no les haga esperar, Josef Rais, cualquier fallo por su parte tendrá consecuencias, y no hace falta decirle lo negativas que pueden llegar a ser-
-cada vez me cae peor-dijo una vez se fue-¿un soldado dándome ordenes? Acabará mal a su debido tiempo. Ahora atenderé a esos críos-

Segundos después se encaminaba a la entrada del salón. Mientras bajaba había visto todas las huellas que había dejado Montgomery y dio la orden de que fueran limpiadas de inmediato. Al entrar vio a Marion levantando a Lucas y ayudándolo a sentarse en su correspondiente silla. Nunca entendía el por qué de los desmayos, gritos, indignación y algún que otro suicidio ritual, de aquellos que entraban por primera vez en su querido salón. Lo había diseñado él, en una noche de insomnio llena de inspiración. Le encantaba el rojo.
-veo que os encanta este cuarto-dijo tras sentarse presidiendo la mesa.
No hubo respuesta. Cada uno sufría los efectos secundarios de una sobre exposición al mal gusto mas extremo y no estaban para la buena educación, ni las cenas de ricachones, ni para jugar al pin pon, como le decía el duendecillo violeta que solo podía ver Virginia y que le había ayudado a acabar con las avispas de su cerebro.
-la comida esta lista-anuncio Marion y un ejercito de criadas dispuso los alimentos ante una febril celebración de los comensales.
Tardaron un rato en tratar de probar bocado. El consejero, por su parte, le incaba el diente, con toda la refinada técnica de un hombre de bien, y les miraba de hito en hito.
-tranquilos no están envenenadas, comed-dijo en tono jovial tratando de romper el hielo.
-gracias por esta velada-dijo Steven, parecía casi recuperado- ¿sabe? Me interesa mucho la historia de este reino, es mi oficio en mi mundo, y creo que tener la oportunidad de conocer a una figura como usted es innegable-
-vaya, ¿una persona interesada en el pasado? Es una afición rara y aburrida, pero ¿Qué interés podría suscitar alguien como yo?-
-¡menuda pregunta!-fingió sorpresa el chico-vera, consejero Rais, todo gobernante es importante en el devenir de la historia, todos dejan su impronta. La oportunidad a la que antes me refería, era simplemente la de ver la historia viva ¿comprende?-
-creo que si…-
-es decir, usted es quien la escribe en estos momentos. Su gobierno es pleno y fuerte, me atrevería a decir que muy por encima del de Larissa. Ve a dónde quiero ir a parar-miro fijamente al anciano que estaba a su derecha.
-empiezo a entreverlo, pero no estaría mal que me iluminara el camino un poco-
-por supuesto, excelencia. Lo explicare con una metáfora: en el mar hay cientos de peces, miles de variedades y formas. La naturaleza les dota de todo tipo de defensas ante la adversidad: unos son rápidos, otros esquivos y escurridizos. Unos pocos zafios y mezquinos que se esconden a la hora de cazar a su presa. Pero, en reglas generales, ninguno escapa al principio básico de que el grande siempre se comerá el chico, aunque para ello muera en el intento-
-¿insinúas que… pretendo suplantar a Larissa?-
-¿solo se conformará con eso? Salduvia tiene un gran potencial que no esta del todo explotado-
-la magia no nos podrá ayudar en todo, jovencito. Hay poderes muy superiores-
-no lo dudo, no lo dudo…-decía saboreando un trozo de carne- pero no le imagino acatando ordenes de otro que no sea usted mismo. En mi mundo hubo un periodo histórico bien caracterizado por esta frase: el Estado soy yo. Me refiero a que en esa época los monarcas no respondían ante nadie, solo ante ellos. ¿Busca usted eso?-
-¿y si no respondiera ante nadie?-
-entonces no lanzaría esa pregunta ni nos trataría de esta manera, que no es mala ni mucho menos, pero tarda en exponer su precio. ¿Supongo bien al creer que intuyó que Sraz nos contaría sus intenciones?-
-eres demasiado perspicaz para tu edad. Sabía muy bien lo que haría y por eso le conté que entregaría gustoso Salduvia a los norteños-
-una grandiosa muestra de poder y dominio de la situación. Pero, hay algo que no me encaja en todo esto-
Los demás a estas alturas de la conversación ya se habían perdido o no habían atendido desde el principio centrándose en no dejar de mirar más allá del mantel blanco de la mesa.
-¿de que se trata?-
-¿Cómo encajamos nosotros en todo esto? Vera, nos llevan diciendo desde que llegamos que podríamos ser poderosos y hacer grandes cosas, pero nadie se atreve a usarnos. ¿Eso es lo que quiere usted o nos incluye en la oferta a la Confederación?-
-podríamos cooperar. Os ayudaría en la búsqueda de las esferas y a desarrollar todo vuestro potencial. Yo puedo daros todos los recursos que estén en mi mano, si es lo que queréis, claro ¿Tan solo he de ofrecer una cantidad, entonces?-
-¿puedo negociarlo yo, Steven?-intervino Lucas.
Eso cogió desprevenido al chico de pelo negro, que no dudo en fulminar con la mirada a su compañero. Había llevado la voz cantante en toda la charla, estaba consiguiendo resultados sin muchos esfuerzos y de pronto Lucas quería jugar también. No intuía que podría llegar a hacer, cosa que le asustaba, nunca daba muestras de interesarse por nada que no fueran las mujeres o la contemplación de la nada. Por otro lado quería ver hacia donde llevaría la conversación. Solo suponía que no seria lo suficientemente estúpido como para ir contra el grupo.
-claro-dijo al fin el chico.
-bien-dijo Lucas fijándose en Rais, quien estaba un tanto desconfiado-para empezar quiero saber hasta donde esta dispuesto a llegar. Ambos debemos guardarnos las espaldas y Sraz nos ha hablado muy mal de usted-
-no esperaba menos de él, alejarlo de aquí no fue suficiente…no obstante si gozo de vuestro apoyo en los acontecimientos futuros tendréis prácticamente todo lo que yo consiga-
-así que futuros acontecimientos ¿eh? Usted sabe mucho más de lo que nos da a entender. Veamos, nosotros sabemos que quiere entregar Salduvia, lo comento antes, entonces su posición esta blindada. Pero nosotros entramos en escena después de que llegara a ese trato y eso nos de en una mala situación-
-ya os he dicho que puedo ayudaros si queréis-
-aun no he terminado mi exposición-dijo con autoridad el tontito-por lo que usted iba diciendo, supongo que los norteños tienen trato directo con usted y obedece como un mandado-
-¡eso es…-dijo Rais levantándose airado.
-vaya, eso es un pleno. Pero siéntese hombre, siéntese. Nadie le acusa de nada, cálmese- el consejero no pudo evitar hacerlo-verá, si está dispuesto a todo, es que no le gusta que le mangoneen, créeme te entiendo he estado en esa situación. ¿Le importa un trato más informal? Ahora que vamos a cooperar-
-por supuesto-
-excelente. Con nosotros cuatro podrá hacer frente, eventualmente, tanto al Dominio, como a los norteños e incluso a la  Resistencia. Ayúdanos como dices y podríamos funcionar como agentes suyos. Podríamos decirle que planea Sraz o cualquier miembro que no este de acuerdo contigo-
-Lucas…-dijo Steven a fin de pararle, se estaba excediendo. Su compañero extendió una mano hacia el para que no interrumpiera mientras seguía mirando fijamente a Rais.
-lucharemos en tu nombre con cuatro esferas, nada te parara y nosotros estaremos protegidos hasta ese momento tanto por ti como por el capi-
-si…-
-ahora bien ¿Qué es lo que queremos nosotros? Para empezar un alojamiento propio, así estaremos alejados del palacio y cercanos ti. Pero también debes ser franco con nosotros y mantenernos al tanto de lo que ocurra ¿vale?-finalizó con una sonrisa el chico.
-no me parece un mal trato. Me estas prometiendo la mayor recompensa posible, chico, ¡y por una nimiedad!-no pudo contener una carcajada-dominar todo un continente por una casa y dinero…¡¡jajajajaja!!-
-bien jugado…-
-bah, tú lo has hecho prácticamente todo Steve, solo le di la puntilla-
La velada transcurrió sin sobresalto ni nada más interesante. Tomaron el postre, ya sin el consejero, quien gozaba de un nuevo y brillante futuro a solas en su cuarto. Una vez todo acabo, no más allá de la medianoche, los guardias personales del futuro líder del mundo oprimido les acompañaron a Palacio.
-¿así que jugando a engatusar a la gente?-dijo Steven por el camino de una despejada Ravinica-nunca hubiera imaginado que llegaríamos a tal punto. En cuanto a lo de tener casa propia, lejos del capitán…-
-no te preocupes por eso, quería alejarme de Dione y como él estaba dispuesto a todo vi mi oportunidad. Iré solo para dar el pego, con cualquier escusa-
-¿no pensaras traicionarnos, pillín?-
-tío, has visto lo que he hecho y aun así ¿dudas? Que desconfiado-
-es verdad, puede que con esto le demos aire también al capitán, para distraer a Rais y así dejarle hacer lo que tenga que hacer-
-claro. Lo que no se es si ellas presenciaron mi gran momento-
Elisabeth y Virginia eran llevadas a hombros por dos fornidos guardias, el choque del salón, la comida y un poco de cansancio las habían dejado fuera de combate. Al poco rato todos descansaban en sus habitaciones de un día un tano movidito.

Al día siguiente Elisabeth se levanto temprano, algo extraño pues tenía el día libre. Eso no le importaba, había cosas que hacer y un Henry mas que dispuesto a cumplir con su cometido. Se lo encontró de camino a la biblioteca. Él le se intereso por la cena de la noche anterior, mas poco pudo contar que no fuera el gran mareo al que se vio sometida y que había amanecido sin resaca, cosa que era buena ya que eso indicaba que el salón no pasaba factura.
El chico, con toda amabilidad, empezó a relatar lo escrito por Meridia Brahe en sus libros. Le hablo durante algo mas de una hora de las propiedades de la magia, las aptitudes, unas cuantas hipótesis del origen de la magia y muy poco de las esferas.  Realmente tocaba el tema de manera muy leve. Contaba lo que todo el mundo sabia: que si eran la fuente de la magia, que tenían gran poder… pero nada de como encontrarlas o algo que se saliera de lo normal. Salvo que quizás tuvieran el poder de elegir a su portador. Tampoco mentaba nada de los selladores. Henry leía tan rápido que en nada leyó el primer libro y al empezar el segundo hizo de aparición Steven.
-¿en pie ya? Todo un logro para ti-
-dejame en paz-replico la chica-no logramos encontrar gran cosa en estos libros, nada nuevo de las esferas-
-ya te dije que todo lo que sabemos provienes de estos libros. Me los se como la palma de mi mano-decia Henry-creemos que escribió mas libros, muchos mas, pero se perdieron en Helvett-
-vaya…-
-lo lamento, Eli. Si me disculpáis, tengo asuntos que tratar-
Cuando se fue, Steven se sentó al lado de Elisabeth.
-¿tanto te interesan las esferas y esa tal Meridia?-
-claro, lo raro es que a vosotros no. Sin saber que nos podría pasar al tener una, es de locos querer encontrarla. ¡Es verdad! ¿Todo fue bien anoche? Ese maldito salón…-
-por supuesto, logramos un buen trato-
-¿si?-
-ahora tenemos casa propia y el apoyo de Rais. Cosa bastante interesante, aunque le tendremos que mentir acerca de lo que hace y deja de hacer el capitán-
-¿Qué…?no entiendo nada-
-cuando veas a Lucas pregúntale, él lo hizo casi todo-
-eso no me lo creo, ni aunque pudiera. ¿Él haciendo algo? No lo creeré hasta que me lo diga ante notario. En fin, voy a ver como esta Virginia después de lo de ayer-
Se despidió del chico y justo cuando se iba este grito:
-¡espera!-la chica se detuvo en el marco de la puerta-¿en serio quieres información de las esferas? Teniendo todo el día libre podría estar aquí con…no se…Henry si puede o Dione, el capitán incluso-
-no estaría mal-dijo sonriendo la chica.
-bien, entonces procurare encontrar todo lo que pueda sobre ellas y Meridia-
Se despidieron sin mucho más. Elisabeth iba sonriendo por los infinitos pasillos y patios del palacio. Parecía ser una buena mañana. No había tenido sueños raros, logro hacer algo productivo y consiguió ayuda. Nada podía ir mal, hasta que sintió ganas de vomitar.
-porras ¿aquí también tengo esos días?-corrió hacia su habitación.
Virginia no estaba, al menos no la vio al entrar y justo al hacerlo le paso el dolor por completo. Sin embargo, lo sustituyo un tremendo mareo que la hizo tambalearse hasta caer de bruces en la cama. Hasta hay todo normal. La explicación para lo de haber atravesado la cama, como si se zambullera en agua, llegar a un lugar negro con escaleras pasando a toda velocidad de aquí para allá, similares a las de Solfed y cerrar los ojos para abrirlos mirando a una ventana, no parecía ser muy obvia.
-¿Qué coño…?-
La habitación no era la suya, la ciudad, por lo que vio por la ventana, no era Ravinica. Era una habitación mas espaciosa que la suya. Con una puerta al frente, cerrada, y otra al lado derecho que estaba entreabierta. Al lado de esa puerta parecía extenderse un pasillo.
Cerca de la ventana, a la izquierda, había una cama que parecía recién usada, pues no estaba hecha. Había ropa encima y un escritorio frente al cabecero, estaba a rebosar de libros. Algunas hojas estaban tiradas por el suelo conformando un caótico mosaico.
-¿otro sueño? No…-dijo un poco aterrada y se llevo las manos al cuello-¡puedo hablar!
En eso escucho algo moverse en la habitación de la puerta entreabierta. De pronto apareció un pie, de piel morena. Subiendo había una toalla de color rosa y esta cubría el cuerpo de una mujer.







jueves, 11 de octubre de 2012

Ravinica: aquella chica del ayer.


Abrió los ojos justo al empezar el temblor y los golpes. ¿De donde venían? No lo sabia, tampoco podía ver nada. Todo a oscuras. Cada temblor, resquebrajaba la oscuridad. Al principio eran lentos, luego rápidos hasta que todo estalló en un mundo multicolor que se derrumbaba. Enjambres de pequeños seres pasaban a su lado, cosas extrañas burbujeaban y chorreaban para explotar en mariposas de colores. Caía sin control mirando lo que parecía un cielo de intensos rosas y lilas que vibraban.
No entendía nada, ni quería y mucho menos cuando aterrizo suavemente en un camino empedrado, en donde la hierba se retorcía en azul y aguamarina. Los árboles la miraban, cuchicheaban pero no podía entenderlos, ¿Quién podría hacerlo? Saltarines engendros cruzaron entre risotadas y muecas distorsionadas a su lado. Todo temblaba, vibraba y se sacudía, incluso ella. Trato de levantarse, correr, gritar y sin embargo, su voz no parecía pertenecerle, una vez más. La risa la precedió. Gigante como solo un coloso esculpido en bronce podría ser, surgió de entre miles de mariposas la efigie de un hombre demasiado musculado, aunque perfecto en sus formas. Tal imagen duró lo justo para convertirse en una jovencita, enorme y demencial. La miraba con ojos abiertos de par en par, brillaban y sus pupilas eran diminutas. Sus dientes, en risotada, brillaban igualmente. Se agacho poniéndose ambas cara a cara. Huyó, no por mucho tiempo.
El pavimento cedió y volvió a caer al vacío multicolor y crepitante. Miles de voces y gemidos. En su caída vio a la gigantesca muchacha caer con ella.
-¿Cuánto más puedes eludirlo?-dijo la gigante con su voz-pese a que es un estorbo, un incordio, nada te va a separar de mí-
Estiró la mujer grotesca sus brazos en toda su envergadura... y sin embargo, Elisabeth abrió los ojos.

Preferiría no haberlo hecho. La luz de la ventana de en frente la cegó y tuvo que colocar una mano tapándola. Cuando se acostumbro a la luz, no dudo en retreparse en la cama hasta arrinconarse contra la pared.
-¡¡Dios bendito!!-gritó Elisabeth al contemplar la perfecta efigie del coronel resaltada por la luz de una ventana.
-no, no-dijo Virginia sentada al lado de la cama-es el coronel Milles Davis Collins. No entiendo por qué pensáis que es alguien divino. En fin... ¡por fin te despiertas!-
La chica de pelos rubios, aunque se habían tornado poco a poco castaños al ir destiñendo el colorante del tinte, se lanzó al abrazo de su amiga, quien no dejaba de mirar de reojo a ese ser perfecto que permanecía con las manos a la espalda y una sonrisa más que conciliadora.
-¿Qué ha pasado? Estaba entrenando con Henry y...no recuerdo más-
-al parecer un hechizo se descontroló y has estado inconsciente unos días-
-¿¡he estado durmiendo días!?-
-si-
-¿¡con este tipo-señaló a Milles- rondando por aquí!?-
-de vez en cuando, otras veces estaba Steven-
-¿¡por qué no puedo dejar de mirarle!?-
-oh, tranquila, se te pasará dentro de poco. Al principio sorprende verlo, incluso asusta, pero no hay nada que temer, el coronel es muy buena persona-
-¿Cómo lo has conocido?-
-es amigo del capitán y se encarga de mi entrenamiento. También me quede de piedra al verle la primera vez. Le esperaba en el patio de ahí abajo. Cuando llegó, tuvo que agacharse para entrar por la puerta, es muy alto ¿verdad? Y se plantó delante de mi justo como esta ahora. No sabía muy bien que hacer, estuvo mucho rato mirándome a los ojos. Luego, muy rápido, se quitó la casaca y el resto de la parte de arriba del uniforme para decirme:
“mira este torso, jovencita. ¿Cómo crees que lo he logrado?”
Obviamente no sabía que decir, por regla general ningún hombre es tan exhibicionista. Me quedé callada contemplándolo.
“con constancia y fuerza de voluntad, los pilares de todo entrenamiento. La voluntad para mejorar y llegar más lejos. La constancia de realizarlo cada día, sin detenerse ni perder el ánimo. Mientras permanezcas en Ravinica estarás a mi cargo, siempre y cuando mis deberes como coronel no lo impidan”
Todo esto lo dijo sin dejar de poner posturas, es un verdadero caballero-
-claro, sin duda…-dijo Elisabeth con voz trémula mirando al sonriente y estático coronel- y los demás ¿están bien? ¿Le hice mucho daño a Henry?-
-no te preocupes por Henry. El mismo día del accidente ya estaba recuperado, se ha pasado todos los días por aquí para interesarse por ti. En cuanto a Steven, ahora mismo debe de estar con el capitán y Lucas…creo que esta con Dione. Por cierto, le deje tu libro de magia, parecía muy motivado y como tu estabas…-
-no pasa nada, tranquila-trató de incorporarse, pero aun no estaba del todo recuperada- ¿sabes? Tengo hambre-

En uno de los muchos patios del palacio, el cual bien podría ser un gran patio con alguna que otra estructura arquitectónica similar a un edificio que lo recortaba en otros más pequeños, Steven y Sraz daban por terminado su entrenamiento matutino, y único del día. Un par de guardias los contemplaban mientras dejaban sobre una mesa sus armas.
-veo que vas mejorando con el control de la espada-dijo el capitán.
-si. No es algo fácil, pero le voy cogiendo el tranquillo a esto de la esgrima-dijo el chico mientras dejaba los guantes que llevaba durante el entrenamiento también sobre la mesa-
-todos estáis mejorando tal como esperaba. No debería tener que preocuparme por vuestra supervivencia-
-espero no defraudarle o lo pasaré realmente mal-
Ambos rieron.
-¿hay alguna noticia nueva con respecto a esos norteños, capitán?-pregunto Steven caminando junto a su tutor hacia la salida del patio.
-desearía tener toda la información que pudiera. Sin embargo, tras el ataque al Dominio no han dado señales de vida, muy propio de ellos por otra parte-
-por lo que he leído, me sorprende que de un país tan extenso no se sepa gran cosa-
-llevan así décadas, aislados del devenir del mundo. Cuando Salduvia cayó, aun no habían anexionado todo el territorio que poseen actualmente, nadie les tenía en cuenta. El norte es tan vasto que la expansión de la confederación pasaba desapercibida. Llegaba alguna que otra noticia de los mercaderes. Hablaban de países conquistados en días, sin duda exageraciones de los vencidos-
-no hay nada así del lugar donde vengo. Lo normal allí es que el país grande se confié y crea que puede derrotar al pequeño en semanas, pero la realidad es que la guerra se extiende años y las consecuencias son peores que el conflicto en sí-
-ningún enemigo debe tomarse a la ligera y menos cuando los países se enfrentan. Espero que Larissa traiga información consigo y una alianza-
-¿pretende aliarse con esos norteños?-dijo perplejo Steven-le cortaría el juego a Rais, de cuajo-
-oh, no, no. Entre Salduvia y la Confederación Rumnem, de quienes he estado hablando, se encuentra una cadena montañosa cuya extensión abarca desde la costa a casi el territorio del Dominio. La Liga de Ciudades Libres gobierna esas tierras salvajes, lo que creo que pretende Larissa, a juzgar por la poca información que he logrado recabar encerrado aquí, es renovar la alianza que antes manteníamos. Debo reconocer que es una tarea dura y compleja, pues hace años que no tenemos trato con su gobernante, no es para menos-
-¿se debe eso a alguna torpeza de algún diplomático…de Rais?-
-nuestro antiguo gobernante logró atraerlos a nuestra causa, a regañadientes. Consiguió uno de los mejores pactos posibles: se casó con una de las hijas del gobernante, Meridia Brahe se llamaba, cuarta hija de William Lexell y Catalina Brahe. Al final de la guerra ambos perecieron y desde entonces han permanecido ajenos a nuestros intereses-
-una verdadera desgracia, la guerra se cobra las vidas que quiere-
-no todo fue la guerra. El fallecimiento de Meridia siempre ha estado envuelto en un gran misterio. Durante el asedio se encontraba a salvo, lista para embarcar hacia su patria. Lo último que se supo de ella es que el rey la encontró muerta, en el palacio. Nadie sabe como llegó allí-Steven permanecía en silencia, escuchando al capital con la mayor de las seriedades-muchos enlazan su muerte con que el Dominio posea una de las esferas, ya que, según algunos creen, ella poseía una. Aun así, nadie sabe a ciencia que paso en aquellos turbulentos momentos-
-parece que las esferas traigan la desgracia ¿no cree capitán?-
-en cierto modo, sí. Son objetos muy codiciados-
-¿Qué haría si hubiera una aquí, en Ravinica?-
-bueno-contestó Sraz como el clásico niño que sabe algo o ha hecho algo que no debería haber sabido o hecho-la guardaría en el lugar más seguro posible, creo que destruirlas no es buena idea-
-espero que ese hipotético lugar lo mantenga bien vigilado, para que nadie entre en la noche, ya sabe. Al menos en lo alto de una torre, cerca de usted-
-¿¡como...!?-gritó Sraz asustando a unos guardias que pasaban al lado en dirección al comedor de ese ala del palacio-se supone que nadie puede acceder a mis aposentos, la vigilancia es continua por mi arresto ¿Por qué tú si has entrado?-
-ya se lo he dicho: era de noche, iba a ver el cielo nocturno cuando me tropecé con Elisabeth. Ella se fue a su habitación y no había nadie más en toda la zona. Vi una luz a lo lejos, no pude evitar ir y ver lo que vi-
Los solados pasaban en tropel entre ambos, una verdadera riada humana llena de curiosidad e intriga. El alboroto era tremendo y todo provenía del mismo sitio: el comedor.
A ellos no les interesaba que la encarnación, muy hambrienta, del Monstruo de las Galletas estuviera terminando con las existencias de cada comestible almacenado en el palacio. Algunos mandos intermedios planteaban enviar destacamentos a los graneros y almacenes de la ciudad. Se estaba gestando una catástrofe y Virginia se dispuso a frenar otra.
-¡Steve, capitán!-grito saliendo de entre la soldadesca a codazos.
Ambos giraron sus cabezas para darse cuenta por vez primera de lo que pasaba.
-¿Qué es todo este desaguisado?-dijo el capitán acercándose al gentío-¿¡acaso los soldados de Ravinica no sabéis guardar la maldita capital!?-
Casi al instante la muchedumbre desordenada se convirtió en perfecto orden militar. Una voz de Sraz bastaba para imponer su autoridad. Virginia y Steven contemplaban la situación a unos metros cuando la riada de solados volviendo a sus puestos les asolo.
-así que, Elisabeth se ha despertado ¿verdad?-
-si…-dijo una alicaída Virginia-me despisté un segundo y mira que ha pasado-
El chico la miró, ella permanecía mirando al frente mordiendo la punta del pulgar.
-la debes apreciar bastante para velar tanto por ella-
-no es eso…ella es…sí, me aterra que con todo esto pueda llegarle a pasar lo que sea. Seguro que la magia tiene su parte de culpa, si cada vez que vaya a perder el conocimiento ocurre esto…-
-cálmate, preocuparse por algo así es una tontería, no creo que la Resistencia cargue contra nosotros, en un mundo como este cosas así deben ser normales. Salvo que sea Goku disfrazado, entonces la cosa se volvería muy rara-
-quizás preocuparse no arregle nada, pero ella es tan...-dijo Virginia y se metió en el comedor dejando a Steven con la palabra en la boca
-¿he dicho algo malo?-
Tardó un rato en entrar y la escena no le cogió desprevenido en absoluto. En la mesa central, rectangular y de madera, como las demás de la amplia sala, se encontraba entre una pila de platos vacios Elisabeth devorando lo que quedaba en uno de ellos.
Desde la cocina se podía observar a las cocineras mirando a aquella niña, a sus ojos, que les recordaba en ferocidad a cierto tipo de planta adicta a otro tipo de planta.
En una esquina, detrás de un libro para más información, ya que era algo inaudito, reposaba con las piernas sobre la mesa un distante Lucas. El recién llegado decidio que lo mejor seria ir con su compañero, para interesarse por su situación, dejando a Virginia con sus disculpas ante las horrorizadas cocineras y a Elisabeth con sus quejas por la abrumadora falta de comida.
-¿Qué te cuentas, Lucas?-dijo sentándose Steven.
-nada nuevo, colega-dijo el atareado lector sin mucho más.
-se me hace raro no verte disfrutar del panorama de ahí en frente-
-la verdad es que molesta lo suyo. Hace un rato que llegó y empezó a zampar, sin saludos ni nada. Como en un trance ¿sabes?-
-¿lees un libro sobre anatomía humana?-
-la petarda de Dione insiste en que me aprenda las partes del cuerpo humano al dedillo -
-me alegra saber que te estas aplicando en tu entrenamiento, menudo cambio-
-no es para sorprenderse, hombre. Siempre me han dicho que, el que algo quiere, algo le cuesta. Da la casualidad que esa pesada intenta que me mueva por algún objetivo-
-parece lograrlo ¿no?-
-claro, a su manera lo esta logrando a pasos agigantados-
Se levanto y se encamino a la salida. Justo al llegar se tropezó con su querida Dione, quien no dudo un instante en anunciar tan fortuito encuentro para que toda la sala y alrededores estuvieran al corriente de la situación.
-¡pero si es mi querido Café! ¿Qué, estudiando como el buen chico que eres?-toda la sala, incluida Elisabeth y compañía le miraban.
-si… ¿puedo ir a leerme este tostón a un sitio más tranquilo?-
-por supuesto, mañana empezamos a la hora de siempre y espero que me atrapes-dijo esto último alzando la voz a Lucas al alejarse por el pasillo en búsqueda de tranquilidad.
La gente del comedor observaba a Dione sorprendida por esa nueva faceta de su personalidad que había mostrado. Acostumbrado como estaba todo el mundo a ver a una persona fría y distante, que hable más alto de lo normal o grite como en este caso, es un suceso fuera de la normalidad del día a día.
-¿Qué estáis mirando todos?-preguntó con su habitual tono cortante- tenéis trabajos que hacer ¿me equivoco?-
Y así, la nueva personalidad de Dione dejo pasó a la tradición.

Cerca del palacio, casi rodeándolo salvo por la parte norte que da a un gran precipicio, estaban las residencias de los mas alto de lo alto de la sociedad de Salduvia. Familias importantes en la jerarquía de gobierno se mantenían cerca del poder. Desde consejeros a cargos militares miraban desde lo alto al resto de los habitantes de Ravinica, y estos mas de alguna vez les devolvían algún que otro gesto obsceno o una piedra no muy precisa. No eran un grupo excepcionalmente variopinto, pero si muy elitista y un poco fuera de la realidad. Las fiestas eran casi continuas en la noche y las ropas que se ponían a la mañana siguiente eran incluso mas caras que la fiesta en si. Nada de hablar de esa novedad traída de allende los mares: gafas de sol las llamaban, un articulo imprescindible para todo fiestero que haya cumplido con creces todos los objetivos en una buena fiesta.
Josef Rais no era un asiduo de las fiestas, todos lo conocían por ser un gran aguafiestas, pero si que era un adicto al poder y de la peor calaña. Ese día había empezado como cualquier otro: rodeado de sirvientes, mujeres en su mayoría. Solo le faltaba un sirviente para que le llevara en volandas por la casa y rozaría el sueño húmedo de cualquier personas, aquel de no moverse nada pero ser transportado de aquí a alla, de la manera más arbitraria posible, claro. La mesa del desayuno a rebosar de toda clase de alimentos, en su mayoría acabarían en la basura, y un sirviente narrando la orden del dia. Nada de interés. Larissa aun tardaría en llegar, Sraz seguía encerrado, el Dominio tranquilo y los norteños mansos.
Golpeo a un sirviente por informarle sobre un ligero incidente en el que se veía envuelto uno de los selladores y mucha comida. Esas cosas no le interesaban, casi nada lo hacia hasta que un individuo interrumpió en la habitación. Alzo su mirada para verle bien: moreno de piel, ojos claros, pelo negro e iba enfundado en una suerte de traje militar para nada parecido al de la Resistencia. Los pantalones estaban decorados a modo de camuflaje, llevaba botas que le superaban el tobillo y cubría la parte superior con una camisa blanca.
-¿de pie a estas horas, amigo mio?-preguntó el consejero.
El hombre no respondió, llevaba una bolsa al hombro y la colocó de golpe en la mesa, el tipo era de lo mas duro y rudo del lugar.
-recuerda como se usa ¿verdad?-dijo con un acento extraño, nada común.
Rais asintió y agarro una parte unida por un cable a una caja rectangular. Se llevo esa parte al lado derecho de la cabeza y escucho una voz.
-encantado de hablarle otra vez, Josef Rais-
-¿usted? ¿Qué quiere esta vez?-
-tan solo interesarme por el estado de nuestro…acuerdo. Mi hombre en su capital me ha informado de… ¿Cómo les llaman ustedes? Ya sabe, esos individuos, supuestamente de otro mundo, que son capaces de manejar las esferas-
-selladores-contestó Rais por el interfono.
-eso, gracias. Creo que han llegado unos cuatro, corríjame si me equivoco-
-está bien informado-miró al hombre de pelo negro quien permanecía en cuadro y estático, como si el del otro lado del teléfono pudiera verle- llevan aquí cerca de una semana, bajo la continua tutela del capitán Sraz. No les he visto desde que llegaron, para ser sincero no me interesa esa chusma-
-sin duda se habrá imaginado que valoramos mucho a esos individuos, más incluso que su patria o su persona. Así que, manténgalos contentos, interésese por su situación, inquietudes, pasiones y que no duden de su buena voluntad. Permanecerán largo tiempo en su capital por lo que han de estar lo más cómodos posible. Eso es lo que mis superiores quieren de usted. En cuanto a ese capitán que tanto le molesta… continúe como hasta ahora, es innecesario que pueda enterarse de nuestras actividades-
-sí, pero…-
-ahora póngame con mi subordinado, Josef Rais-
-llámeme consejero Rais o Rais a secas-
-claro. Ahora, deje de hacerme perder el tiempo-
De mala gana le paso al otro hombre el teléfono. Contemplo con cierta indiferencia la conversación llena de síes y por supuestos, seguía sin soportarles. Los norteños le resultaban demasiado altivos y seguros de sus capacidades. Hacia meses que el hombre moreno, Carl F, Montgomery, había aparecido en si vida de sopetón. Tan solo quería informarle de los intereses de su pueblo y que le permitiera campar a sus anchas por la ciudad. Otra persona con mas moral y ética hubiera alertado a todo miembro de la Resistencia en 427 kilometros a la redonda, incluso se enteraría el propio Sanzio Micael Vinci de tal suceso. Sin embargo, Josef Rais había desterrado toda moral y ética de su mente durante su juventud.
-¿y bien?-dijo a Montgomery.
-¿y bien que?-contestó colgando el aparato y guardándolo en su bolsa.
-¿nada mas que decirme? Soy consejero del reino, un titulo de importancia-
-por mucho que usted sea…consejero-dijo mascando cada letra de consejero-para nosotros no es mas que un civil colaborador. Tiene sus órdenes y yo las mías. Si me disculpa, debo atender otros asuntos-
-malditos norteños ¿Quién demonios se creen que son?-

Sraz contemplaba sentado una bonita caja, de relleno acolchado rojo, que había conseguido hace poco. La habitación estaba hecha polvo, el también. Casi dos horas de golpes, sucesivos sucesos anormales y muchos soldados con preguntas muy triviales, para atrapar la esfera. Parecía fácil al principio, pero dada su caótica naturaleza era escurridiza como un pez. Tras larga lucha consiguió meterla dentro de la pequeña caja, esperando encerrarla.
La edad se notaba ya y en los últimos meses había sufrido varios sobresaltos. Primero la irrupción de los selladores, la esfera que ahora tenia, la que poseía Sanzio, Larissa, Miranda, esa extraña Línea Sangrea, los movimientos de los norteños y Tic. Demasiados problemas con pocas soluciones. Larissa no tardaría en llegar, podría hablar con ella, quizás con algo de calma, para procurar arreglar los problemas poco a poco. No veía nada claro el futuro que se abría ante él.
-¿capitán?-dijo Henry, quien estaba acompañado de Elisabeth- Eli quiera hablar con usted-
-¿acerca de que?-
-bueno…-dijo rascándose la chica la cabeza-desde que llegamos a la ciudad he tenido un par de sueños muy extraños. Virginia y los chicos insistieron en que quizá pueda ayudarme, supongo que aquí será algo normal-
Un buen rato tardo en contarles sus sueños. Sraz miraba de reojo a su cajita y se preguntaba si tendría algo que ver en todo esto el contenido. Desde luego eran sueños un tanto estrambóticos y tampoco eran para nada comunes.
-quizás tengan algo que ver con tus desmayos-dijo Henry- te he estado estudiando, no te ofendas por ello, puede que tu aptitud este tras todo esto, incluso de lo que has hecho esta mañana-la chica se puso totalmente colorada, como un tomate-como sabes existen siete aptitudes. Cada persona este mundo posee alguna de ellas o varias, incluso hay quien presenta tres, pero es algo muy raro. Tan solo grandes héroes de la antigüedad han tenido tres y lograron grandes obras con ellos. Recuerdo que durante los tiempos del Imperio, milenios atrás, en sus últimos estertores, existió un gran general que llego incluso a tener cuatro y una de aquellas armas legendarias. Sus hazañas nos han llegado fragmentadas y desconocemos su nombre…-
-Henry-corto Sraz-al grano-
-perdón. Lo que quería decir es que tu, en principio, única aptitud es la Maay-
Elisabeth guardaba silencio, contemplaba a su entrenador si entender nada. Para ella esa palabra podía significar cualquier cosa, pero Henry sonreía dando la impresión de que era el mayor de los dones y de que no había nada que explicar.
-¿es algo bueno, capitán?-
-por supuesto. Es, junto a la aptitud Eidé, las que potencian el uso de la magia-
Los ojos de la chica se abrieron de par en par ante tal sorpresa. Al final iba a ser una poderosa maga, como ella quería.
-¿tengo la otra…Eidé, también?-dijo llena de entusiasmo.
-creo que no-sentencio Henry- la característica principal de la Maay es el doblamiento del poder mágico cada vez que este se agota. Esta característica por si sola convertiría a cualquier incompetente mago en alguien tremendamente poderoso con solo saber un hechizo-
-vaya…-dijo la chica mirando al suelo-fantastico…-
-por su lado, la Eidé, concede el aprendizaje acelerado y en ocasiones, instantáneo, de cualquier hechizo o lo que sea. Tengo serios motivos para creer que Virginia posea esta, el coronel Collins informa de que su aprendizaje es realmente acelerado-
-al fin buenas noticias-dijo Sraz levantándose de su asiento-no tema, señorita Zaragoza, poseer una de las grandes aptitudes no siempre es del todo positivo, pero piense que por mucho que coma no engordara, pues toda la comida es convertida en energía al instante-
-que alivio…-contestó la chica sin mucho ánimo-espero que desaparezcan de una vez, no me gusta la persona que aparece en ellos-
-¿Por qué?-se interesó Henry.
-durante los sueños me quita la voz. Habla como si fuera yo misma para decir tonterías, cosas incoherentes. Que si poder, que si no puedo huir…-
-sin duda es algo de origen mágico, a muchos le ha pasado. Grandes magos lograron visiones del futuro en el pasado, algunos escuchaban voces y un sinfín de cosas sin sentido. Esa es la esencia de los sueños-
-¿no tener sentido?-pregunto Elisabeth-¿Cuántos se volvieron locos? Porque, me interesaría saberlo, más que nada para que no me pille desprevenida ser la primera-
-muy poco se volvieron locos-intervino Sraz mirando si querida cajita-¿a tus compañeros les ha pasado algo similar?-
-no, que yo sepa-
-está bien. No deberías preocuparte por esos sueños-
-¿y si es por algo que ustedes desconocen?-insistió.
-¿cómo que?-
-una esfera, por ejemplo. Apenas nos han dicho nada acerca de ellas ¿y si hay alguna cerca? ¿Cómo las encontraremos?-
-es verdad que no os hemos contado nada más allá de lo que el propio Oráculo dijo en su momento, pero, a titulo personal, ni Henry, ni yo, ni Dione sabemos mucho más. Son poderosos objetos mágicos, el origen de la magia según algunos. Tenemos constancia de que aparecieron hará unos dos mil años, y sin embargo, hasta hace unas décadas eran una leyenda, una explicación simple para la magia. Durante dos milenios casi nadie las ha encontrado, hay muy pocos registros y muchos son mitos. Individuos que logran hallar una con trágicas consecuencias para su persona y todo cuanto le rodea. La tradición insiste en que son peligrosas, poderosas y difíciles de encontrar. Y luego estáis vosotros. Por si alguien tenía dudas de su existencia, vosotros y Sanzio las habéis disipado. Meridia hubiera deseado vivir estos momentos-
-¿Quién o qué es Meridia?-preguntó intrigada la chica.
-Meridia Brahe fue, si no la primera, de los primeros estudiosos de la magia. No para aprender su uso, ella quería entender su origen y su funcionamiento al nivel mas básico, es decir, como interactúa con el cuerpo humana y este logra canalizar el poder sin quemarse, por ponerte un ejemplo cercano-dijo Henry.
-pero me hice heridas en las manos, me las hago de continuo al parecer-
-eso es debido a la explosión, el resultado del hechizo. Sin embargo, no te quemas con una bola de fuego propia. Ese tipo de cosas le interesaban a Meridia. Por si te interesa, hay algunos libros con sus investigaciones en la biblioteca del ala sur del palacio, los pocos que pudieron salvarse de la destrucción de Helvett-
-debería de ir a verlos-dijo pensativa Elisabeth- es más voy ahora mismo-
Se fue a la carrera, algo muy raro en ella.
-esto se nos va de las manos, Henry-
-no hay constancia de que las esferas puedan hacer eso, aunque se sabe tampoco que nada es seguro-
-deberemos tener cuidado-

A Steven le pillo desprevenido la entrada de Elisabeth en la biblioteca, entro tan apurada que no reparó en él para nada. Llevaba allí desde la hora de comer, cuando el grupo se había separado. Lucas había estado allí hasta hacia bien poco, pero el libro mágico que usaba hablaba demasiado alto y Steven hizo que se fuera a otro lado. Virginia se había ido a su habitación para relajarse un poco. Él seguía indagando en la historia reciente del mundo al que habían llegado. Desde entonces trataba de ir a toda biblioteca o hacerse con cualquier libro que pudiera contarle algo, cuantos más mejor. Había aprendido lugares nuevos, ciudades que desconocía y personas de importancia que habían tenido su papel en los últimos veinte años en el devenir de Salduvia y el resto de países. Algunas cosas le sorprendían y otras no, sin embargo, de quien mas quería saber, del anterior rey, apenas se contaba nada relevante. Diferencio dos posturas frente a los actos que condujeron a la caída de Helvett: unos apoyaban todas las decisiones del antiguo rey, casi sin dudar, y otros lo criticaban sin ningún tipo de pudor. No lograba encontrar un termino medio, pero intuia que en una ciudad como Ravinica no le supondría dificultad alguno que alguien le contara algo, después de todo veinte años no es mucho tiempo.
-¿Qué trae a ti a un lugar como este?-pregunto Steven.
-lo obvio, libros-contesto Elisabeth quien buscaba afanosamente la letra m.
-has recobrado ese espíritu duro e insondable tuyo, me alegro-
-ayúdame a buscar los libros cuyos autores empiezan por la letra m y cállate-
-y la dictatorial también…creo que están ahí, al fondo a la derecha. No tan a la derecha. Mas a la izquierda, junto a aquel busto tan extraño. Salta a esa baldosa. Perfecto, ahora tira de la palanca para abrir esa pared y encontrar el artefacto que te permitirá abrir la siguiente puerta. Muy bien. Todo recto, no debería darte mayor problema-
Y no se los dio. Encontró un par de libros, de tamaño medio y uno estaba chamuscado en un borde.
-me esperaba algo mas-dijo apesadumbrada- Estudios sobre magia y hechicería variada y Esferas ¿Existen o solo es un cuento de niños? Estos son los únicos que hay…-
-Meridia Brahe…el capitán me hablo de ella esta mañana ¿te interesa?-
-ella estudio las esferas y yo quiero saber sobre ellas-
-quid pro quo-
-si…-dijo tras mirar fijamente al chico sin entender mucho-puede que mis sueños estén conectados a ella o no. Quizás con estos libros descubra algo…aunque no entiendo la letra-
-es curioso. Al hablarnos les entendemos, será alguna cosa mágica, aquí todo puede ser-
-le pediré a alguien que me lo lea…seguro que Henry lo hace encantado-
Virginia y Lucas entraron en la estancia con gran sorpresa, parecían haber encontrado algo que buscaban desde hacia un rato.
-¡al fin!-exclamó Virginia-llevamos como media hora buscándoos, este palacio es un laberinto de patio y corredores-
-¿Qué hacéis aquí los dos juntos?-preguntó Lucas con gran interés.
-tener sexo como animales salvajes-dijo Steven para recibir un golpe de Elisabeth-¿Qué? Es verdad, antes la tenía a…-
Steven descubrió lo doloroso que podía ser un codazo en el estomago de una chica de veinti pocos años cuando dices algo inapropiado.
-¿ha pasado algo?-dijo Elisabeth, mucho más relajada tras el golpe.
-no-contesto Lucas- el consejero Rais encontró a Virginia, el tipo le explico que quiere cenar con nosotros o algo así-
-¿tu no has hecho nada?-dijo la chica de pelo castaño-
-claro que no ¿por quien me tomas, pava?-se indigno Lucas.
-tú siempre haces algo-dijo Steven una vez se recupero del golpe- ¿recuerdas cuando fuiste a eso local que te dijo Dione y la guardia tuvo que sacarte de allí?-
-eso me lo perdí-dijo Elisabeth.
-ya, paso hace dos días, tu estabas durmiendo. Todo el asunto fue…griego-
-¡¡oye, no tengo la culpa de que esa masoquista me indicara mal!!-vocifero Lucas.
-¡¡calmaos!!-elevó la voz Virginia-el caso, niños, es que esta noche tendremos que ir si o si. En su casa, aquí al lado, y no aceptará que faltemos y no le hará gracia que vayamos discutiendo a voz en grito. Él nos traerá ropa de gala, pues no tenemos y hay que ir de gala al parecer-
-vale, mamá-dijeron los tres a la vez en respuesta.