Abrió los ojos justo al empezar el temblor y los golpes. ¿De
donde venían? No lo sabia, tampoco podía ver nada. Todo a oscuras. Cada temblor,
resquebrajaba la oscuridad. Al principio eran lentos, luego rápidos hasta que
todo estalló en un mundo multicolor que se derrumbaba. Enjambres de pequeños
seres pasaban a su lado, cosas extrañas burbujeaban y chorreaban para explotar
en mariposas de colores. Caía sin control mirando lo que parecía un cielo de
intensos rosas y lilas que vibraban.
No entendía nada, ni quería y mucho menos cuando aterrizo
suavemente en un camino empedrado, en donde la hierba se retorcía en azul y
aguamarina. Los árboles la miraban, cuchicheaban pero no podía entenderlos,
¿Quién podría hacerlo? Saltarines engendros cruzaron entre risotadas y muecas
distorsionadas a su lado. Todo temblaba, vibraba y se sacudía, incluso ella.
Trato de levantarse, correr, gritar y sin embargo, su voz no parecía
pertenecerle, una vez más. La risa la precedió. Gigante como solo un coloso
esculpido en bronce podría ser, surgió de entre miles de mariposas la efigie de
un hombre demasiado musculado, aunque perfecto en sus formas. Tal imagen duró
lo justo para convertirse en una jovencita, enorme y demencial. La miraba con
ojos abiertos de par en par, brillaban y sus pupilas eran diminutas. Sus
dientes, en risotada, brillaban igualmente. Se agacho poniéndose ambas cara a
cara. Huyó, no por mucho tiempo.
El pavimento cedió y volvió a caer al vacío multicolor y
crepitante. Miles de voces y gemidos. En su caída vio a la gigantesca muchacha
caer con ella.
-¿Cuánto más puedes eludirlo?-dijo la gigante con su
voz-pese a que es un estorbo, un incordio, nada te va a separar de mí-
Estiró la mujer grotesca sus brazos en toda su envergadura...
y sin embargo, Elisabeth abrió los ojos.
Preferiría no haberlo hecho. La luz de la ventana de en
frente la cegó y tuvo que colocar una mano tapándola. Cuando se acostumbro a la
luz, no dudo en retreparse en la cama hasta arrinconarse contra la pared.
-¡¡Dios bendito!!-gritó Elisabeth al contemplar la perfecta
efigie del coronel resaltada por la luz de una ventana.
-no, no-dijo Virginia sentada al lado de la cama-es el
coronel Milles Davis Collins. No entiendo por qué pensáis que es alguien
divino. En fin... ¡por fin te despiertas!-
La chica de pelos rubios, aunque se habían tornado poco a
poco castaños al ir destiñendo el colorante del tinte, se lanzó al abrazo de su
amiga, quien no dejaba de mirar de reojo a ese ser perfecto que permanecía con
las manos a la espalda y una sonrisa más que conciliadora.
-¿Qué ha pasado? Estaba entrenando con Henry y...no recuerdo
más-
-al parecer un hechizo se descontroló y has estado
inconsciente unos días-
-¿¡he estado durmiendo días!?-
-si-
-¿¡con este tipo-señaló a Milles- rondando por aquí!?-
-de vez en cuando, otras veces estaba Steven-
-¿¡por qué no puedo dejar de mirarle!?-
-oh, tranquila, se te pasará dentro de poco. Al principio
sorprende verlo, incluso asusta, pero no hay nada que temer, el coronel es muy
buena persona-
-¿Cómo lo has conocido?-
-es amigo del capitán y se encarga de mi entrenamiento. También
me quede de piedra al verle la primera vez. Le esperaba en el patio de ahí
abajo. Cuando llegó, tuvo que agacharse para entrar por la puerta, es muy alto
¿verdad? Y se plantó delante de mi justo como esta ahora. No sabía muy bien que
hacer, estuvo mucho rato mirándome a los ojos. Luego, muy rápido, se quitó la
casaca y el resto de la parte de arriba del uniforme para decirme:
“mira este torso, jovencita. ¿Cómo crees que lo he logrado?”
Obviamente no sabía que decir, por regla general ningún
hombre es tan exhibicionista. Me quedé callada contemplándolo.
“con constancia y fuerza de voluntad, los pilares de todo
entrenamiento. La voluntad para mejorar y llegar más lejos. La constancia de
realizarlo cada día, sin detenerse ni perder el ánimo. Mientras permanezcas en
Ravinica estarás a mi cargo, siempre y cuando mis deberes como coronel no lo
impidan”
Todo esto lo dijo sin dejar de poner posturas, es un
verdadero caballero-
-claro, sin duda…-dijo Elisabeth con voz trémula mirando al
sonriente y estático coronel- y los demás ¿están bien? ¿Le hice mucho daño a
Henry?-
-no te preocupes por Henry. El mismo día del accidente ya
estaba recuperado, se ha pasado todos los días por aquí para interesarse por
ti. En cuanto a Steven, ahora mismo debe de estar con el capitán y Lucas…creo
que esta con Dione. Por cierto, le deje tu libro de magia, parecía muy motivado
y como tu estabas…-
-no pasa nada, tranquila-trató de incorporarse, pero aun no
estaba del todo recuperada- ¿sabes? Tengo hambre-
En uno de los muchos patios del palacio, el cual bien podría
ser un gran patio con alguna que otra estructura arquitectónica similar a un
edificio que lo recortaba en otros más pequeños, Steven y Sraz daban por
terminado su entrenamiento matutino, y único del día. Un par de guardias los
contemplaban mientras dejaban sobre una mesa sus armas.
-veo que vas mejorando con el control de la espada-dijo el
capitán.
-si. No es algo fácil, pero le voy cogiendo el tranquillo a
esto de la esgrima-dijo el chico mientras dejaba los guantes que llevaba
durante el entrenamiento también sobre la mesa-
-todos estáis mejorando tal como esperaba. No debería tener
que preocuparme por vuestra supervivencia-
-espero no defraudarle o lo pasaré realmente mal-
Ambos rieron.
-¿hay alguna noticia nueva con respecto a esos norteños,
capitán?-pregunto Steven caminando junto a su tutor hacia la salida del patio.
-desearía tener toda la información que pudiera. Sin
embargo, tras el ataque al Dominio no han dado señales de vida, muy propio de
ellos por otra parte-
-por lo que he leído, me sorprende que de un país tan extenso
no se sepa gran cosa-
-llevan así décadas, aislados del devenir del mundo. Cuando
Salduvia cayó, aun no habían anexionado todo el territorio que poseen
actualmente, nadie les tenía en cuenta. El norte es tan vasto que la expansión de
la confederación pasaba desapercibida. Llegaba alguna que otra noticia de los
mercaderes. Hablaban de países conquistados en días, sin duda exageraciones de
los vencidos-
-no hay nada así del lugar donde vengo. Lo normal allí es
que el país grande se confié y crea que puede derrotar al pequeño en semanas,
pero la realidad es que la guerra se extiende años y las consecuencias son
peores que el conflicto en sí-
-ningún enemigo debe tomarse a la ligera y menos cuando los
países se enfrentan. Espero que Larissa traiga información consigo y una
alianza-
-¿pretende aliarse con esos norteños?-dijo perplejo
Steven-le cortaría el juego a Rais, de cuajo-
-oh, no, no. Entre Salduvia y la Confederación Rumnem, de
quienes he estado hablando, se encuentra una cadena montañosa cuya extensión
abarca desde la costa a casi el territorio del Dominio. La Liga de Ciudades
Libres gobierna esas tierras salvajes, lo que creo que pretende Larissa, a
juzgar por la poca información que he logrado recabar encerrado aquí, es
renovar la alianza que antes manteníamos. Debo reconocer que es una tarea dura
y compleja, pues hace años que no tenemos trato con su gobernante, no es para
menos-
-¿se debe eso a alguna torpeza de algún diplomático…de
Rais?-
-nuestro antiguo gobernante logró atraerlos a nuestra causa,
a regañadientes. Consiguió uno de los mejores pactos posibles: se casó con una
de las hijas del gobernante, Meridia Brahe se llamaba, cuarta hija de William
Lexell y Catalina Brahe. Al final de la guerra ambos perecieron y desde
entonces han permanecido ajenos a nuestros intereses-
-una verdadera desgracia, la guerra se cobra las vidas que
quiere-
-no todo fue la guerra. El fallecimiento de Meridia siempre
ha estado envuelto en un gran misterio. Durante el asedio se encontraba a
salvo, lista para embarcar hacia su patria. Lo último que se supo de ella es
que el rey la encontró muerta, en el palacio. Nadie sabe como llegó allí-Steven
permanecía en silencia, escuchando al capital con la mayor de las
seriedades-muchos enlazan su muerte con que el Dominio posea una de las
esferas, ya que, según algunos creen, ella poseía una. Aun así, nadie sabe a
ciencia que paso en aquellos turbulentos momentos-
-parece que las esferas traigan la desgracia ¿no cree
capitán?-
-en cierto modo, sí. Son objetos muy codiciados-
-¿Qué haría si hubiera una aquí, en Ravinica?-
-bueno-contestó Sraz como el clásico niño que sabe algo o ha
hecho algo que no debería haber sabido o hecho-la guardaría en el lugar más
seguro posible, creo que destruirlas no es buena idea-
-espero que ese hipotético lugar lo mantenga bien vigilado,
para que nadie entre en la noche, ya sabe. Al menos en lo alto de una torre,
cerca de usted-
-¿¡como...!?-gritó Sraz asustando a unos guardias que
pasaban al lado en dirección al comedor de ese ala del palacio-se supone que
nadie puede acceder a mis aposentos, la vigilancia es continua por mi arresto
¿Por qué tú si has entrado?-
-ya se lo he dicho: era de noche, iba a ver el cielo
nocturno cuando me tropecé con Elisabeth. Ella se fue a su habitación y no
había nadie más en toda la zona. Vi una luz a lo lejos, no pude evitar ir y ver
lo que vi-
Los solados pasaban en tropel entre ambos, una verdadera riada
humana llena de curiosidad e intriga. El alboroto era tremendo y todo provenía
del mismo sitio: el comedor.
A ellos no les interesaba que la encarnación, muy
hambrienta, del Monstruo de las Galletas estuviera terminando con las
existencias de cada comestible almacenado en el palacio. Algunos mandos
intermedios planteaban enviar destacamentos a los graneros y almacenes de la
ciudad. Se estaba gestando una catástrofe y Virginia se dispuso a frenar otra.
-¡Steve, capitán!-grito saliendo de entre la soldadesca a
codazos.
Ambos giraron sus cabezas para darse cuenta por vez primera
de lo que pasaba.
-¿Qué es todo este desaguisado?-dijo el capitán acercándose al
gentío-¿¡acaso los soldados de Ravinica no sabéis guardar la maldita capital!?-
Casi al instante la muchedumbre desordenada se convirtió en
perfecto orden militar. Una voz de Sraz bastaba para imponer su autoridad.
Virginia y Steven contemplaban la situación a unos metros cuando la riada de
solados volviendo a sus puestos les asolo.
-así que, Elisabeth se ha despertado ¿verdad?-
-si…-dijo una alicaída Virginia-me despisté un segundo y
mira que ha pasado-
El chico la miró, ella permanecía mirando al frente
mordiendo la punta del pulgar.
-la debes apreciar bastante para velar tanto por ella-
-no es eso…ella es…sí, me aterra que con todo esto pueda
llegarle a pasar lo que sea. Seguro que la magia tiene su parte de culpa, si
cada vez que vaya a perder el conocimiento ocurre esto…-
-cálmate, preocuparse por algo así es una tontería, no creo
que la Resistencia cargue contra nosotros, en un mundo como este cosas así
deben ser normales. Salvo que sea Goku disfrazado, entonces la cosa se volvería
muy rara-
-quizás preocuparse no arregle nada, pero ella es tan...-dijo
Virginia y se metió en el comedor dejando a Steven con la palabra en la boca
-¿he dicho algo malo?-
Tardó un rato en entrar y la escena no le cogió desprevenido
en absoluto. En la mesa central, rectangular y de madera, como las demás de la
amplia sala, se encontraba entre una pila de platos vacios Elisabeth devorando
lo que quedaba en uno de ellos.
Desde la cocina se podía observar a las cocineras mirando a
aquella niña, a sus ojos, que les recordaba en ferocidad a cierto tipo de
planta adicta a otro tipo de planta.
En una esquina, detrás de un libro para más información, ya
que era algo inaudito, reposaba con las piernas sobre la mesa un distante
Lucas. El recién llegado decidio que lo mejor seria ir con su compañero, para
interesarse por su situación, dejando a Virginia con sus disculpas ante las
horrorizadas cocineras y a Elisabeth con sus quejas por la abrumadora falta de
comida.
-¿Qué te cuentas, Lucas?-dijo sentándose Steven.
-nada nuevo, colega-dijo el atareado lector sin mucho más.
-se me hace raro no verte disfrutar del panorama de ahí en
frente-
-la verdad es que molesta lo suyo. Hace un rato que llegó y
empezó a zampar, sin saludos ni nada. Como en un trance ¿sabes?-
-¿lees un libro sobre anatomía humana?-
-la petarda de Dione insiste en que me aprenda las partes
del cuerpo humano al dedillo -
-me alegra saber que te estas aplicando en tu entrenamiento,
menudo cambio-
-no es para sorprenderse, hombre. Siempre me han dicho que,
el que algo quiere, algo le cuesta. Da la casualidad que esa pesada intenta que
me mueva por algún objetivo-
-parece lograrlo ¿no?-
-claro, a su manera lo esta logrando a pasos agigantados-
Se levanto y se encamino a la salida. Justo al llegar se
tropezó con su querida Dione, quien no dudo un instante en anunciar tan
fortuito encuentro para que toda la sala y alrededores estuvieran al corriente
de la situación.
-¡pero si es mi querido Café! ¿Qué, estudiando como el buen
chico que eres?-toda la sala, incluida Elisabeth y compañía le miraban.
-si… ¿puedo ir a leerme este tostón a un sitio más
tranquilo?-
-por supuesto, mañana empezamos a la hora de siempre y
espero que me atrapes-dijo esto último alzando la voz a Lucas al alejarse por
el pasillo en búsqueda de tranquilidad.
La gente del comedor observaba a Dione sorprendida por esa
nueva faceta de su personalidad que había mostrado. Acostumbrado como estaba
todo el mundo a ver a una persona fría y distante, que hable más alto de lo
normal o grite como en este caso, es un suceso fuera de la normalidad del día a
día.
-¿Qué estáis mirando todos?-preguntó con su habitual tono
cortante- tenéis trabajos que hacer ¿me equivoco?-
Y así, la nueva personalidad de Dione dejo pasó a la
tradición.
Cerca del palacio, casi rodeándolo salvo por la parte norte
que da a un gran precipicio, estaban las residencias de los mas alto de lo alto
de la sociedad de Salduvia. Familias importantes en la jerarquía de gobierno se
mantenían cerca del poder. Desde consejeros a cargos militares miraban desde lo
alto al resto de los habitantes de Ravinica, y estos mas de alguna vez les
devolvían algún que otro gesto obsceno o una piedra no muy precisa. No eran un
grupo excepcionalmente variopinto, pero si muy elitista y un poco fuera de la
realidad. Las fiestas eran casi continuas en la noche y las ropas que se ponían
a la mañana siguiente eran incluso mas caras que la fiesta en si. Nada de
hablar de esa novedad traída de allende los mares: gafas de sol las llamaban,
un articulo imprescindible para todo fiestero que haya cumplido con creces
todos los objetivos en una buena fiesta.
Josef Rais no era un asiduo de las fiestas, todos lo
conocían por ser un gran aguafiestas, pero si que era un adicto al poder y de
la peor calaña. Ese día había empezado como cualquier otro: rodeado de
sirvientes, mujeres en su mayoría. Solo le faltaba un sirviente para que le
llevara en volandas por la casa y rozaría el sueño húmedo de cualquier
personas, aquel de no moverse nada pero ser transportado de aquí a alla, de la
manera más arbitraria posible, claro. La mesa del desayuno a rebosar de toda
clase de alimentos, en su mayoría acabarían en la basura, y un sirviente
narrando la orden del dia. Nada de interés. Larissa aun tardaría en llegar,
Sraz seguía encerrado, el Dominio tranquilo y los norteños mansos.
Golpeo a un sirviente por informarle sobre un ligero
incidente en el que se veía envuelto uno de los selladores y mucha comida. Esas
cosas no le interesaban, casi nada lo hacia hasta que un individuo interrumpió
en la habitación. Alzo su mirada para verle bien: moreno de piel, ojos claros,
pelo negro e iba enfundado en una suerte de traje militar para nada parecido al
de la Resistencia. Los pantalones estaban decorados a modo de camuflaje,
llevaba botas que le superaban el tobillo y cubría la parte superior con una
camisa blanca.
-¿de pie a estas horas, amigo mio?-preguntó el consejero.
El hombre no respondió, llevaba una bolsa al hombro y la
colocó de golpe en la mesa, el tipo era de lo mas duro y rudo del lugar.
-recuerda como se usa ¿verdad?-dijo con un acento extraño,
nada común.
Rais asintió y agarro una parte unida por un cable a una
caja rectangular. Se llevo esa parte al lado derecho de la cabeza y escucho una
voz.
-encantado de hablarle otra vez, Josef Rais-
-¿usted? ¿Qué quiere esta vez?-
-tan solo interesarme por el estado de nuestro…acuerdo. Mi
hombre en su capital me ha informado de… ¿Cómo les llaman ustedes? Ya sabe,
esos individuos, supuestamente de otro mundo, que son capaces de manejar las
esferas-
-selladores-contestó Rais por el interfono.
-eso, gracias. Creo que han llegado unos cuatro, corríjame
si me equivoco-
-está bien informado-miró al hombre de pelo negro quien
permanecía en cuadro y estático, como si el del otro lado del teléfono pudiera
verle- llevan aquí cerca de una semana, bajo la continua tutela del capitán
Sraz. No les he visto desde que llegaron, para ser sincero no me interesa esa
chusma-
-sin duda se habrá imaginado que valoramos mucho a esos
individuos, más incluso que su patria o su persona. Así que, manténgalos
contentos, interésese por su situación, inquietudes, pasiones y que no duden de
su buena voluntad. Permanecerán largo tiempo en su capital por lo que han de
estar lo más cómodos posible. Eso es lo que mis superiores quieren de usted. En
cuanto a ese capitán que tanto le molesta… continúe como hasta ahora, es
innecesario que pueda enterarse de nuestras actividades-
-sí, pero…-
-ahora póngame con mi subordinado, Josef Rais-
-llámeme consejero Rais o Rais a secas-
-claro. Ahora, deje de hacerme perder el tiempo-
De mala gana le paso al otro hombre el teléfono. Contemplo
con cierta indiferencia la conversación llena de síes y por supuestos, seguía
sin soportarles. Los norteños le resultaban demasiado altivos y seguros de sus
capacidades. Hacia meses que el hombre moreno, Carl F, Montgomery, había
aparecido en si vida de sopetón. Tan solo quería informarle de los intereses de
su pueblo y que le permitiera campar a sus anchas por la ciudad. Otra persona
con mas moral y ética hubiera alertado a todo miembro de la Resistencia en 427
kilometros a la redonda, incluso se enteraría el propio Sanzio Micael Vinci de
tal suceso. Sin embargo, Josef Rais había desterrado toda moral y ética de su
mente durante su juventud.
-¿y bien?-dijo a Montgomery.
-¿y bien que?-contestó colgando el aparato y guardándolo en
su bolsa.
-¿nada mas que decirme? Soy consejero del reino, un titulo
de importancia-
-por mucho que usted sea…consejero-dijo mascando cada letra
de consejero-para nosotros no es mas que un civil colaborador. Tiene sus
órdenes y yo las mías. Si me disculpa, debo atender otros asuntos-
-malditos norteños ¿Quién demonios se creen que son?-
Sraz contemplaba sentado una bonita caja, de relleno
acolchado rojo, que había conseguido hace poco. La habitación estaba hecha
polvo, el también. Casi dos horas de golpes, sucesivos sucesos anormales y
muchos soldados con preguntas muy triviales, para atrapar la esfera. Parecía
fácil al principio, pero dada su caótica naturaleza era escurridiza como un
pez. Tras larga lucha consiguió meterla dentro de la pequeña caja, esperando
encerrarla.
La edad se notaba ya y en los últimos meses había sufrido
varios sobresaltos. Primero la irrupción de los selladores, la esfera que ahora
tenia, la que poseía Sanzio, Larissa, Miranda, esa extraña Línea Sangrea, los
movimientos de los norteños y Tic. Demasiados problemas con pocas soluciones.
Larissa no tardaría en llegar, podría hablar con ella, quizás con algo de
calma, para procurar arreglar los problemas poco a poco. No veía nada claro el
futuro que se abría ante él.
-¿capitán?-dijo Henry, quien estaba acompañado de Elisabeth-
Eli quiera hablar con usted-
-¿acerca de que?-
-bueno…-dijo rascándose la chica la cabeza-desde que
llegamos a la ciudad he tenido un par de sueños muy extraños. Virginia y los
chicos insistieron en que quizá pueda ayudarme, supongo que aquí será algo
normal-
Un buen rato tardo en contarles sus sueños. Sraz miraba de
reojo a su cajita y se preguntaba si tendría algo que ver en todo esto el
contenido. Desde luego eran sueños un tanto estrambóticos y tampoco eran para
nada comunes.
-quizás tengan algo que ver con tus desmayos-dijo Henry- te
he estado estudiando, no te ofendas por ello, puede que tu aptitud este tras
todo esto, incluso de lo que has hecho esta mañana-la chica se puso totalmente
colorada, como un tomate-como sabes existen siete aptitudes. Cada persona este
mundo posee alguna de ellas o varias, incluso hay quien presenta tres, pero es
algo muy raro. Tan solo grandes héroes de la antigüedad han tenido tres y
lograron grandes obras con ellos. Recuerdo que durante los tiempos del Imperio,
milenios atrás, en sus últimos estertores, existió un gran general que llego
incluso a tener cuatro y una de aquellas armas legendarias. Sus hazañas nos han
llegado fragmentadas y desconocemos su nombre…-
-Henry-corto Sraz-al grano-
-perdón. Lo que quería decir es que tu, en principio, única
aptitud es la Maay-
Elisabeth guardaba silencio, contemplaba a su entrenador si
entender nada. Para ella esa palabra podía significar cualquier cosa, pero
Henry sonreía dando la impresión de que era el mayor de los dones y de que no
había nada que explicar.
-¿es algo bueno, capitán?-
-por supuesto. Es, junto a la aptitud Eidé, las que
potencian el uso de la magia-
Los ojos de la chica se abrieron de par en par ante tal
sorpresa. Al final iba a ser una poderosa maga, como ella quería.
-¿tengo la otra…Eidé, también?-dijo llena de entusiasmo.
-creo que no-sentencio Henry- la característica principal de
la Maay es el doblamiento del poder mágico cada vez que este se agota. Esta
característica por si sola convertiría a cualquier incompetente mago en alguien
tremendamente poderoso con solo saber un hechizo-
-vaya…-dijo la chica mirando al suelo-fantastico…-
-por su lado, la Eidé, concede el aprendizaje acelerado y en
ocasiones, instantáneo, de cualquier hechizo o lo que sea. Tengo serios motivos
para creer que Virginia posea esta, el coronel Collins informa de que su
aprendizaje es realmente acelerado-
-al fin buenas noticias-dijo Sraz levantándose de su
asiento-no tema, señorita Zaragoza, poseer una de las grandes aptitudes no
siempre es del todo positivo, pero piense que por mucho que coma no engordara,
pues toda la comida es convertida en energía al instante-
-que alivio…-contestó la chica sin mucho ánimo-espero que
desaparezcan de una vez, no me gusta la persona que aparece en ellos-
-¿Por qué?-se interesó Henry.
-durante los sueños me quita la voz. Habla como si fuera yo
misma para decir tonterías, cosas incoherentes. Que si poder, que si no puedo
huir…-
-sin duda es algo de origen mágico, a muchos le ha pasado. Grandes
magos lograron visiones del futuro en el pasado, algunos escuchaban voces y un
sinfín de cosas sin sentido. Esa es la esencia de los sueños-
-¿no tener sentido?-pregunto Elisabeth-¿Cuántos se volvieron
locos? Porque, me interesaría saberlo, más que nada para que no me pille
desprevenida ser la primera-
-muy poco se volvieron locos-intervino Sraz mirando si
querida cajita-¿a tus compañeros les ha pasado algo similar?-
-no, que yo sepa-
-está bien. No deberías preocuparte por esos sueños-
-¿y si es por algo que ustedes desconocen?-insistió.
-¿cómo que?-
-una esfera, por ejemplo. Apenas nos han dicho nada acerca
de ellas ¿y si hay alguna cerca? ¿Cómo las encontraremos?-
-es verdad que no os hemos contado nada más allá de lo que
el propio Oráculo dijo en su momento, pero, a titulo personal, ni Henry, ni yo,
ni Dione sabemos mucho más. Son poderosos objetos mágicos, el origen de la
magia según algunos. Tenemos constancia de que aparecieron hará unos dos mil
años, y sin embargo, hasta hace unas décadas eran una leyenda, una explicación simple
para la magia. Durante dos milenios casi nadie las ha encontrado, hay muy pocos
registros y muchos son mitos. Individuos que logran hallar una con trágicas consecuencias
para su persona y todo cuanto le rodea. La tradición insiste en que son
peligrosas, poderosas y difíciles de encontrar. Y luego estáis vosotros. Por si
alguien tenía dudas de su existencia, vosotros y Sanzio las habéis disipado. Meridia
hubiera deseado vivir estos momentos-
-¿Quién o qué es Meridia?-preguntó intrigada la chica.
-Meridia Brahe fue, si no la primera, de los primeros
estudiosos de la magia. No para aprender su uso, ella quería entender su origen
y su funcionamiento al nivel mas básico, es decir, como interactúa con el
cuerpo humana y este logra canalizar el poder sin quemarse, por ponerte un
ejemplo cercano-dijo Henry.
-pero me hice heridas en las manos, me las hago de continuo
al parecer-
-eso es debido a la explosión, el resultado del hechizo. Sin
embargo, no te quemas con una bola de fuego propia. Ese tipo de cosas le
interesaban a Meridia. Por si te interesa, hay algunos libros con sus
investigaciones en la biblioteca del ala sur del palacio, los pocos que
pudieron salvarse de la destrucción de Helvett-
-debería de ir a verlos-dijo pensativa Elisabeth- es más voy
ahora mismo-
Se fue a la carrera, algo muy raro en ella.
-esto se nos va de las manos, Henry-
-no hay constancia de que las esferas puedan hacer eso,
aunque se sabe tampoco que nada es seguro-
-deberemos tener cuidado-
A Steven le pillo desprevenido la entrada de Elisabeth en la
biblioteca, entro tan apurada que no reparó en él para nada. Llevaba allí desde
la hora de comer, cuando el grupo se había separado. Lucas había estado allí hasta
hacia bien poco, pero el libro mágico que usaba hablaba demasiado alto y Steven
hizo que se fuera a otro lado. Virginia se había ido a su habitación para
relajarse un poco. Él seguía indagando en la historia reciente del mundo al que
habían llegado. Desde entonces trataba de ir a toda biblioteca o hacerse con
cualquier libro que pudiera contarle algo, cuantos más mejor. Había aprendido
lugares nuevos, ciudades que desconocía y personas de importancia que habían tenido
su papel en los últimos veinte años en el devenir de Salduvia y el resto de países.
Algunas cosas le sorprendían y otras no, sin embargo, de quien mas quería saber,
del anterior rey, apenas se contaba nada relevante. Diferencio dos posturas
frente a los actos que condujeron a la caída de Helvett: unos apoyaban todas
las decisiones del antiguo rey, casi sin dudar, y otros lo criticaban sin ningún
tipo de pudor. No lograba encontrar un termino medio, pero intuia que en una
ciudad como Ravinica no le supondría dificultad alguno que alguien le contara
algo, después de todo veinte años no es mucho tiempo.
-¿Qué trae a ti a un lugar como este?-pregunto Steven.
-lo obvio, libros-contesto Elisabeth quien buscaba
afanosamente la letra m.
-has recobrado ese espíritu duro e insondable tuyo, me
alegro-
-ayúdame a buscar los libros cuyos autores empiezan por la
letra m y cállate-
-y la dictatorial también…creo que están ahí, al fondo a la
derecha. No tan a la derecha. Mas a la izquierda, junto a aquel busto tan extraño.
Salta a esa baldosa. Perfecto, ahora tira de la palanca para abrir esa pared y
encontrar el artefacto que te permitirá abrir la siguiente puerta. Muy bien. Todo
recto, no debería darte mayor problema-
Y no se los dio. Encontró un par de libros, de tamaño medio
y uno estaba chamuscado en un borde.
-me esperaba algo mas-dijo apesadumbrada- Estudios sobre
magia y hechicería variada y Esferas ¿Existen o solo es un cuento de niños? Estos
son los únicos que hay…-
-Meridia Brahe…el capitán me hablo de ella esta mañana ¿te
interesa?-
-ella estudio las esferas y yo quiero saber sobre ellas-
-quid pro quo-
-si…-dijo tras mirar fijamente al chico sin entender
mucho-puede que mis sueños estén conectados a ella o no. Quizás con estos
libros descubra algo…aunque no entiendo la letra-
-es curioso. Al hablarnos les entendemos, será alguna cosa mágica,
aquí todo puede ser-
-le pediré a alguien que me lo lea…seguro que Henry lo hace
encantado-
Virginia y Lucas entraron en la estancia con gran sorpresa, parecían
haber encontrado algo que buscaban desde hacia un rato.
-¡al fin!-exclamó Virginia-llevamos como media hora buscándoos,
este palacio es un laberinto de patio y corredores-
-¿Qué hacéis aquí los dos juntos?-preguntó Lucas con gran interés.
-tener sexo como animales salvajes-dijo Steven para recibir
un golpe de Elisabeth-¿Qué? Es verdad, antes la tenía a…-
Steven descubrió lo doloroso que podía ser un codazo en el
estomago de una chica de veinti pocos años cuando dices algo inapropiado.
-¿ha pasado algo?-dijo Elisabeth, mucho más relajada tras el
golpe.
-no-contesto Lucas- el consejero Rais encontró a Virginia,
el tipo le explico que quiere cenar con nosotros o algo así-
-¿tu no has hecho nada?-dijo la chica de pelo castaño-
-claro que no ¿por quien me tomas, pava?-se indigno Lucas.
-tú siempre haces algo-dijo Steven una vez se recupero del
golpe- ¿recuerdas cuando fuiste a eso local que te dijo Dione y la guardia tuvo
que sacarte de allí?-
-eso me lo perdí-dijo Elisabeth.
-ya, paso hace dos días, tu estabas durmiendo. Todo el asunto
fue…griego-
-¡¡oye, no tengo la culpa de que esa masoquista me indicara
mal!!-vocifero Lucas.
-¡¡calmaos!!-elevó la voz Virginia-el caso, niños, es que
esta noche tendremos que ir si o si. En su casa, aquí al lado, y no aceptará
que faltemos y no le hará gracia que vayamos discutiendo a voz en grito. Él nos
traerá ropa de gala, pues no tenemos y hay que ir de gala al parecer-
-vale, mamá-dijeron los tres a la vez en respuesta.
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