miércoles, 15 de febrero de 2012

En marcha (VIII)

-¿hemos llegado ya?-preguntó Elisabeth subiendo a duras penas el empinado camino de una no muy alta colina.
-aun no-contestó con vehemencia Sraz, estaba un poco harto de las quejas de la chica. No se callaba desde hacía una hora.
-¿ya?-volvió a preguntar unos dolorosos metros más allá.
-no-replicó Sraz-pero falta poco.
-¿ya...?-preguntó la chica ahora al borde del desfallecimiento.
-casi-
-por favor... ¿ya?-otra pregunta igual pero distinta a la interior justo antes de rozar la cima de la colina-
-espera-dio un par de pasos, oteo el horizonte para comprobar que el humo de las chimeneas, que se veía despuntar por encima de la colina, pertenecía a Solfed y dijo-ya hemos llegado-
Un par de pasos más y las piernas de la chica castaña no temblaron cayendo de culo al suelo. No pudo evitar un suspiro de alivio, llevaba su mochila y la de Dione, que pesaba cerca de una tonelada según las estimaciones de la propia Elisabeth. Pero estaba contenta pese al cansancio, al fin habían llegado a Solfed tras tres días de caminata interminable y una pequeña escaramuza contra una banda de innumerables inútiles.
También Henry, Virginia y Lucas estaban tirados en el suelo. Sraz les miraba sonriente.
-¿Qué habéis aprendido?-
-yo ya sabia que no se debe contravenir las ordenes de un superior, señor, pero...-dijo Henry pero fue interrumpido.
-tranquilo, llevas años a mis órdenes y estás bien entrenado pero aun así desobedeciste órdenes directas-
-trate de detenerles-gimoteó- eran más-
-no es una excusa valida, soldado-
Henry agachó la cabeza apesadumbrado y desanimado, no era la primera vez que le castigaban pero si era el más leve que había padecido, lo peor eran las burlas de Dione.
El capitán se dirigió ahora a las dos chicas y al chico que reposaban en el suelo. Había levantado mucho la mano, podría haberles castigado con más contundencia pero no quería con ellos, al fin y al cabo ni eran sus subordinados ni tampoco habían cometido una falta grave. Solo quisieron ayudar y tuvieron la suerte de llegar en un momento que no estorbaban.
-¿estáis cansados?- preguntó.
-si-contestaron los tres en una sola voz.
-es muy loable querer socorrer a un compañero, algo digno de alabanza, pero las ordenes están para cumplirse-
-pero usted mismo dijo que no fue para tanto-contestó Elisabeth.
-y es cierto, pero imagínate una situación peor. Piensa en cuando os encontrasteis con el Dominio ellos no hubieran dudado en mataros-
-esta vez no era el Dominio-dijo Lucas-daban más risa que miedo-
-lo sé, lo sé, señor Ingram. Sin embargo, es preferible una baja que mil-
-hubiéramos podido con ellos-se envalentono Elisabeth con Virginia agarrándola para no agravar más la situación- se la debíamos a Steven, él nos salvó y le hirieron, no le podíamos dejar tirado-
-¿vosotros compartís su opinión?-pregunto el capitán a Virginia y a Lucas.
-si él no se hubiera jugado la vida ahora estaríamos...dios sabe donde o como pero seguro que no estaríamos bien-dijo Virginia.
-Steve tuvo la cabeza fría cuando ni yo mismo pude tenerla, y nos dió tiempo para escapar, como para no devolvérsela-dijo Lucas sacando pecho al tiempo que Elisabeth le miraba mal.
-señor Linberg, responda con sinceridad ¿debería levantarles el castigo?-
Steven se quedó pensativo, miraba a los otros tres y estos a él con ojos de cordero degollado.
-hum...-mantuvo la tensión-reconozco que el capitán tiene razón en cuanto a lo de desobedecer órdenes, ponerse en peligro y esas cosas-los chicos estaban a punto de llorar ante la más que posible continuación del castigo-sin embargo, yo también lo hubiera hecho, así que creo que ya han aprendido-
Al instante se quitaron las mochilas y corrieron hacia su salvador por segunda vez.
-gracias, gracias, gracias-decían al unísono.
Henry también se estaba deshaciendo de su carga, hasta que Dione se planto frente a el de brazos cruzados.
-¿Qué crees que estás haciendo?-dijo glacialmente-no se ha dicho que tu castigo termine. Es más, carga con todo hasta nuestro alojamiento, no creo que te haya quedado claro el tema del cumplimiento de órdenes-
El chico, resignado fue a por cada mochila, se las hecho al hombro y continuó hacia el pequeño poblado.

Solfed, territorio neutral dentro del antiguo Reino de Salduvia, se había convertido con los años en lugar de amparo para los que escapaban de la guerra y, además, había ampliado su territorio varias veces desde su nacimiento. El que un enclave tan pequeño tenga una influencia tan grande suscita críticas y envidias a la par, pero esa influencia mantiene a raya a quienes codician ese territorio. Más allá de la protección que pudieran haber ofrecido Tic y los suyos, la verdadera defensa se sustenta sobre la magia y Solfed tiene una gran escuela de magia con magos de un poder tremendo, quizás magnificado por las leyendas que giran entorno a Gerifas de Gerigonza. El susodicho Gerifas, un día en el que camina por un espeso bosque, bello como pocos, plagado de entrañables ciervos, o algo que se les parecía bastante pero no a una escala 1:1, se paró al toparse con un gran árbol. Este se había interpuesto en el camino del mago, poco le molestaba más que el hecho de que algo tan móvil y ágil como un árbol se interpusiera en su camino. Cosas de la escuela, sin duda. Ante el dilema de si rodear, atravesar, quemar, mover, astillar, empalillar o destruir por medio de grandes y épicas magias el árbol, Gerifas se decidió por la diplomacia. Habló durante estaciones con el gran árbol, uso la mejor de las retóricas; argumentó con astucia enrevesados galimatías para que se aparatara. Sin embargo, el árbol no respondía, un maldito arrogante pensó el mago. Tras días de meditación y consultas espirituales, realizó el mayor hechizo que conocía. El árbol, finalmente, fue destruido y con él, la mayor parte del bosque con cuatro pueblos, que no tenían nada que ver con el árbol pero la onda expansiva de la deflagración no entendía mucho de respeto. Otras muestras de poder, menos espectaculares quizá, cimentaron la influencia y el temor hacia Solfed.
Enclavado al lado del archifamoso lago Stiliquia, nadie diría que un pequeño pueblo como ese tiene tanta importancia. Para llegar a él hay que subir empinadas, pero pequeñas, colinas, pues está encerrado en una especie de valle cuyo origen se cree fruto de un meteorito o una explosión muy muy grande que arraso la ciudad que había en donde esta el lago y cuyo nombre nadie conoce, no por falta de restos ruinosos, aun no se ha inventado la epigrafía.
Al viajero novel le impresionará el fluir de gente entrando y saliendo del pueblo. Muchos viajeros vienen a la escuela de magia para aprender, otros para quejarse de que una bola de fuego ha destrozado su casa y la mayoría vienen a ver al Oráculo. El mayor negocio de Solfed es el de la posada, hay más de cincuenta y casi no hay casas. No es raro que un hombre de sonrisa perenne te asalte impunemente y te suplique pasar la noche en su local.
-hay demasiada gente para ser un pueblo-dijo Virginia mirando de un lado a otro de la calle central-algunos parecen del Dominio-
-y así es, señorita Pilsen, al ser un lugar neutral no hay restricciones en cuanto a quien entra y sale-contesto Sraz.
-pero ¿Cómo han llegado? ¿No deberían atravesar Salduvia?-pregunto Lucas-me parece algo raro, deberían de haber recibido una buena ración de plomo-
-tienen un salvoconducto y además no suelen ser grandes asiduos, serán particulares con escolta.
-la verdad es que es un sitio bonito, con mucho barullo pero tranquilo-dijo Elisabeth contemplando los edificios- ¿tenemos donde dormir?-
-no se preocupe por ello señorita Zaragoza, nosotros tenemos una delegación aquí-
-agua caliente, comida, una cama...-empezó Elisabeth.
-todo estará listo cuando, tras ver al Oráculo, vayamos a la delegación que tenemos en el pueblo-
El edificio de la escuela de magia era, en una palabra, mágico. Algunas partes levitaban, otras explotaban para ser reconstruidas al instante por arcanos poderes y decenas de alumnos caminaban por el lugar. También estaba atestado de extranjeros. Enfilando la entrada principal, una pequeña pero apoteósica cascada cuya agua no mojaba, se llegaba a un hall cuyo techo era una cúpula semitransparente en la que brillaban pequeñas motas de luz como si fueran estrellas. Los alumnos lo atravesaban desde distintos puntos, algo muy literal a tener en cuenta las escaleras que surgían cerca del inicio de la cúpula y se conectaban con otras emergentes del suelo. Esto impresionaba y asustaba a quienes no lo habían visto nunca, pues las escaleras te atravesaban junto con los viandantes que por ellas transitaban.
-no temáis por ello-dijo Sraz esperando en un lado de la amplia y bien iluminada sala- salen de otro plano dimensional, nunca os podrán hacer nada-
-es increíble-dijo Lucas acercando una mano a una de las escaleras que aparecía a su lado- parece una película de gran presupuesto-
-vamos, no es para tanto-dijo Steven, quien permanecía con las manos en los bolsillos- impresiona al entrar pero luego es más monótono y predecible que otras cosa-
Virginia tenía otra opinión con respecto a esa supuesta predictibilidad pues una pasarela la atravesó desde el suelo.
-¡¿Quién puede acostumbrarse a estas cosas?!-grito- ¡es una locura, salen por todas parte y lo peor es que esa gente ve tanto como nosotros!-
Por su lado, Elisabeth, no podía cerrar la boca ante el despliegue de tanta belleza, una belleza que jamás podría ver en su mundo por mucho que avanzará la tecnología.
De entre todos los estudiantes que salían de aquellas misteriosas escaleras-pasarelas un grupo de cinco destaco de entre el resto. No era para menos. Cuatro rodeaban al que quedaba, parecían protegerle. Aquellos transeúntes que los veian se sorprendían, era raro verles por allí y menos en grupos. ¡La Orden Vermilion! Grito un chaval de piel azul y cuernos con una voz muy estridente.
Sus ropas, característicamente blancas salvo alguna que otra franja roja aquí y alla, les delataban. La capucha de la chaqueta blanca, salvo por las líneas rojas que discurrían por la espalda, les daba un aire misterioso y las botas hasta las rodillas, uno militar. Mas imponente aun era el que uno de los cuatro midiera mas de dos metros de altura y sus brzos fueran como los troncos de un arbol.
La figura de en medio se paró en seco haciendo que sus acompañantes le imitaran.
-¿capitan?-dijo con voz femenina-¡es él, el capitan Edward!-
En su corta carrera aparto la capucha y muchas palidecieron de envidia. De tez morena, rasgos redondeados y ojos grandes de un electrizante tono violeta, la sonrisa desmantelo a mas de un artefacto mágico con cabeza de tucan, que pasaba por allí vestido de futbolista. La pesadilla de muchos y el azote de mil pueblos.
-¿Miranda?-pregunto el capitan casi sin tiempo para recibir un fuerte abrazo.
Los chicos, para variar, no entendían nada pero ya se habian acostumbrado, salvo Steven a quien parecia habérsele desencajado la mandibula.
-¡han pasado años!-grito la chica-¿y Dione y Henry? ¿estan bien? ¿siguen como el perro y el gato? Queria veros desde hace mucho tiempo pero apenas me ha sobrado tiempo-
-todo sigue igual pequeña. Pero mírate, estas hecha toda una mujercita. Cuando te deje en sus manos y las del Oraculo no eras mas que una niña inquieta-
-de eso hace ya…como cinco años, ahora tengo veinte y…-miro a las cuatro personas que estaban tras Sraz y avanzo hacia ellos-sois vosotros, los Selladores-parecio olisquear el aire- sin duda lo sois, la magia es distinta en vosotros. La abuela me dijo que vendríais hoy y ha acertado. Es un orgullo poder veros-
Iba a acercarse para presentarse y saludar, sin embargo, unos de sus acompañantes que nada tenia que ver en tamaño con el mas representativo de ellos se hizo notar.
-Miranda-dijo con las manos en los bolsos, por lo que no le apetecio revelar su cara- ya sabes lo pesada que se pondrá la pelirroja esa si no nos plantamos en menos de tres dias en Ravinica. No tengo ganas de escucharla-
Su tono mezclaba pereza y cierto asco al hablar.
-¡es verdad! Entonces…-se quedo pensativa, casi abstraída-¡si! Nos veremos en Ravinica-
Sin mas se fueron ante la confusión reinante. El de las manos en los bolsillos se giro, caminando un trecho de espaldas con las manos tras la nuca, para decir.
-por favor, que alguien le cierre el pico a ese, las de la limpieza no pasan por aquí hasta el lunes y ya tienen bastante con las babas de Squiojirparso, como para limpiar las suyas-
De eso se encargo Elisabeth sin que Steven opusiera resistencia.
-en fin, Dione y Henry se alegraran de verla-dijo el capitan-que tiempos aquellos en los que tenia que cuidar de ella-
-¿Quién era esa monada?-dijo Lucas-era…sorprendente, una entre un millón, un buen…-
-es la hija de un buen amigo-repondio parcamente.
-pues esta…-
-todos hemos visto, veo que unos mas que otros, que la chavala es mona, demasiado mona, asi que deja de celebrarlo-interrumpio Elisabeth a Lucas dejándolo con la palabra en la boca-
-¿esta vez que he hecho?-
Sraz se paró tras unos pasos, sin motivo para sus cuatro acompañantes, y una escalera se alzó frente a él. Transparente al principio, se materializo al instante. Puso un pie sobre un escalón e invito a los chicos a imitarle. Una vez en la mágica estructura, los escalones se plegaron estirándose la estructura, como si fuera la pasarela, y se la trago el suelo.
Se hizo una momentánea oscuridad hasta que en todas partes pasarelas similares fueron apareciendo, sin cruzarse en ningún momento. Algunas surgían a toda velocidad en horizontal y otras en vertical. Se acercaron a toda velocidad hacia una gran luz que explotó antes de llegar a ella sembrando la oscuridad de puntos luminosos, extrañas formaciones gaseosas de múltiples formas y colores y, esta vez, millones y millones de pasarelas a toda velocidad.
-esto-dijo Sraz estirando los brazos-es un cruce dimensional ¿no es hermoso?-
Mientras que el permanecía en la parte delantera central de ese poco usual vehículo en calma total, los chicos, no dejaban de agarrarse y gritar. Y eso que no había sensación alguna de aceleración. Sin embargo, todo lo visto hasta ahora fueron naderías en comparación con la visión del colapso de todo lo que les rodeaba en un punto de luz que les tragó.
-llegáis en el momento preciso, queridos-dijo la entrañable anciana que vieron tras abrir los ojos.


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