miércoles, 29 de febrero de 2012

Vae victis

Días antes en algún lugar del norte de Rímine…

Cuatro lentas horas habían pasado ya, Louis Maurer pretendía dar la impresión de no estar agotado y desbordado. Desde el Cuartel General de la Frontera Norte, a unos diez kilómetros de la frontera con la Confederación de Estados Rumnel, trataba de coordinar la defensa de un frente que se extendía cien kilómetros de este a oeste.
Cuatro horas antes la actividad en la frontera era normal, nada fuera de lo común. Sin embargo, tras caer la noche llegaron los primeros reportes de los fortines avanzados: la Confederación lanzaba un ataque total sobre el Dominio.
La frontera se encontraba en un lugar estratégico y por tanto defendido con un imponente complejo. Los Llanos de Georgraff se extendían kilómetros y kilómetros entre montañas. Era un lugar de paso perfecto entre el Dominio y lo que en la actualidad conformaba la Confederación, territorios anexionados hacia unas décadas en varias guerras. La defensa del lugar era de las más espectaculares del continente. Preparada para detener ataques masivos hacia el interior se disponían en sucesivos niveles ascendentes usando como apoyo una elevación del terreno. En los primeros kilómetros se situaban trincheras, parapetos y nidos de ametralladora para defender el centro del llano. A los lados se disponían varios fortines alejados unos de otros a intervalos regulares con el fin de defender todo el espacio posible. El siguiente nivel, alzado artificialmente más de tres metros por encima de lo normal, volvían a disponerse nidos de ametralladora y piezas de artillería, así como lugares para los tiradores. Torres de vigilancia con potentes focos servían para otear el horizonte. El segundo nivel, al que se accedía por rampas, era en si una fortaleza dispuesta en un gran saliente del terreno y a sus lados pequeños fortines que guardaban la entrada al tercer nivel donde estaba el cuartel general.
Maurer confiaba ciegamente en sus imponentes defensas antes del ataque, ahora se sentía abrumado pese a gritar órdenes y pedir informes de la cambiante situación de manera continua. Primero cayeron los fortines al este y el oeste del centro, pasto de la artillería enemiga y la sorpresa. La misma sorpresa y una rapidez pasmosa por parte de las tropas del enemigo conquisto el centro del primer nivel, y con ello todo ese nivel defensivo estaba o destruido o en manos de un enemigo que se antojaba imparable.
La defensa del nivel dos era indispensable si pretendía sobrevivir a la batalla, de tomar la fortaleza central, apenas nada les impediría arrasar el cuartel y avanzar casi sin obstáculos sobre la propia Rímine. Las órdenes que dictaba eran simples y concisas: retirada total al nivel dos.
Esta se hacía por medio de una red de túneles que conectaban todas las instalaciones para facilitar el despliegue en caso de ataque. Sin embargo, el enemigo parecía desplegarse y avanzar más rápido de lo que Maurer dictaba una orden. Él mismo podía ver desde la sala de control, un lugar muy agitado en las últimas horas, los disparos de ambos bandos. Una verdadera obra de arte efímera de luz sobre la oscuridad de la noche.
Fogonazos rojos, naranjas y amarillos surgían para desaparecer en el instante. Explosiones por doquier y lo más aterrador: los alaridos que provenían del frente.
El general no lograba entender como avanzaban tan rápido. La potencia de fuego de la frontera era suficiente para contener un ataque masivo como el que padecían y sin embargo los focos de la fortaleza principal solo iluminaban el terreno, no había nada, ni un alma avanzando por él. Pero los disparos de la artillería continuaban y no había señales de ninguno de sus hombres más allá del segundo nivel. ¿Cómo lo hacían? La artillería debería ser visible, sus propias armas tenían que estar relativamente cerca del campo de batalla para ser efectivas, pero el enemigo no estaba allí y aun así disparaba. Pensaba para sí mismo el general que todo era un sueño o estaba perdiendo el juicio. Por radio sus subordinados clamaban por las ordenes que les sacaran de ese infierno, algunos preguntaban hacia que estaban disparando.
Los focos de luz que iluminaban la oscuridad fueron, con toda la precisión de un cirujano, eliminados por el enemigo. Por un instante fugaz el atronador rugido de las armas ceso y se impuso un silencio sepulcral, todos mantenían el aliento.
Fue algo extraño, casi rozaba la irrealidad, pero los gritos por radio lo anunciaban: cientos, sino miles de pares de puntos verdes avanzaban, de una manera muy anárquica, contra la fortaleza central. El imponente edificio volvió a refulgir con los disparos hacia ese extraño enemigo. Desde los fortines de apoyo, en los laterales del edificio y un tanto alejados de este, se disparaba también a los extraños nuevos enemigos. No obstante, en estos edificios, el fuego fue cesando poco a poco y luego, estallaron en mil pedazos lanzando cascotes como si fueran metralla.
Maurer no daba crédito a lo que acaba de suceder. Se había escuchado por radio, instantes antes de las explosiones, que hombres vestidos de negro entraban en los fortines. Luego el silencio.
Las noticias se sucedían cuando una densa cortina de proyectiles cayó sobre el edificio principal dañándolo con creces. En ningún momento atacaban el cuartel general, iban parte por parte en su fulminante avance como si desmantelaran las defensas.
Otra alarma vino dada por un par de soldados. Al parecer, el enemigo, había descubierto la red de túneles y no dudo en usarla mandando el grueso de su infantería a través de ellos contra el centro de las defensas. Mientras tanto ya se habían hecho con la fortaleza, la cual voló en pedazos también.
-prepárense para la defensa final-dijo Maurer buscando un rifle-a sus puestos de combate, que los Electores les sean propicios-
Salió de la habitación apurado. A los soldados que veía les ordenaba seguirle y a otros que formaran escuadras para sellar los túneles manualmente, habían destrozado los mecanismos de seguridad.
El general se dirigió, con un puñado de hombres, a una de las entradas de los túneles. Estas no eran más que un cubo con una puerta y una escalera dentro. No tardo en bajar. La luz era tenue, los caminos lo justo para avanzar rápido y la atmosfera era opresiva.
Iban a la carrera, avanzando contra un enemigo que parecía muy superior al que no tardaron en encontrar. Se parapetaron y hubo un corto tiroteo por ambas partes. Los rifles del Dominio palidecían ante las armas del rival, de repetición y más rápidas de recargar, la cadencia de disparo les estaba haciendo retroceder. Maurer optó por la vía explosiva con una granada que derruyó una sección del túnel frente a ellos, aplastando a alguno.
-malditos bastardos-dijo un soldado del Dominio acercándose al cadáver del enemigo.
-será mejor que nos llevemos esas armas-dijo el propio general-si salimos de esta nos vendrá bien una pizca de su tecnología-
Agarro de la cabeza del muerto lo que parecían unan gafas. Eran negras, con dos círculos tapando los ojos y un extraño disco brillante a uno de los lados. Lo examino con cuidado pero al tocarlo se desvaneció en un chispazo de luz, aun así las gafas seguían intactas.
Más de media hora después la táctica del sellado de túneles pareció surtir efecto y todos fueron sellados con éxito, bastantes bajas y momentos de heroísmo. También habían logrado contener al invasor y este freno en su avance, pero no por mucho. En lo que se presentía como el ataque definitivo que los barrería de la frontera y del mapa el arma más mortífera de la Confederación entro en escena.
El fuego alcanzo ya el cuartel mismo, la defensa era a muerte. Los blindados enemigos atravesaban las trincheras sin más, los proyectiles del Dominio tan solo rebotaban y los soldados eran cosidos con ametralladoras. Jamás se había visto una máquina de matar en un campo de batalla. Se describían como cajas metálicas de muchas ruedas, un cañón en lo alto que giraba y que eran de una lentitud pasmosa. Ese era el motivo del desvanecimiento de la infantería enemiga en el campo de batalla, pero ni mucho menos el origen de los ataques de artillería.
Las rampas de acceso eran defendidas a duras penas por los que quedaban vivos, incluso Maurer tenía que luchar al lado de sus hombres, era el único que podía infundir la moral suficiente para aguantar hasta…nada. Hacía tiempo que recibió un informe que avisa del corte de las carreteras y puentes que conectaban la frontera con el resto del país. No había esperanza pero no morirían sin dar su última gota de sangre.
Un blindado logro romper la última línea de defensa dejando un reguero de cadáveres a su paso. Avanzaba entre un par de edificios. Maurer y su reducida tropa le esperaban. Uno de ellos hizo de señuelo y por poco no lo cuenta ante un disparo de la torreta. Entonces, de la misma salió un hombre dispuesto a usar la ametralladora que coronaba al artefacto. Ese era el momento de un héroe de guerra.
Maurer salió de su escondrijo a la carrera, apunto y de un certero disparo mato al que controlaba la torreta. Desde la maquina no localizaban al suicida que les atacaba. El general de un salto subió por el lado contrario al del cañón para colar una simple granada en la cabina.
La explosión no tardo en acabar con los pilotos. Una pequeña victoria en una aplastante derrota, pensó el general. Al volver con los suyos un proyectil le rozo dándole a un edificio cercano. Se giró entre el estruendo de una pared derrumbándose y vio no uno, sino dos blindados ante él. Había llegado su momento y lo acepto cerrando los ojos. Escucho los disparos y las explosiones que les siguieron, incluso las expresiones de sorpresa por parte de sus soldados.

-Buenas noches, general Maurer-dijo un hombre a espaldas del general- veo que llego en el mejor momento-
No daba crédito a lo que veía, por poco se echó a llorar.
-¿Dominus?-murmuró Maurer sin salir de su asombro.
-Retírese, ya ha dado todo lo que podía dar en esta contiendo. Entiendo su situación, no hace falta que se disculpe. Yo mismo estaría en una situación similar a la suya de haber tenido esta construcción a mi cargo. No obstante, recibirá el castigo administrativo correspondiente por su falta de tacto en la situación, aunque será lo más leve posible por supuesto. Ahora retírese con los suyos me hago cargo de la situación-
Aún con dudas obedeció la orden de su superior y se fue con los suyos. Los ocupantes de los blindados confederados, haciendo caso de una de las primeras directrices del Convenio Intercontinental de Reglas de Guerras, respetaron el derecho a mantener una charla intranscendente en el campo de batalla sin resultar asesinados por el enemigo aprovechándose de la absurda situación imperante. Eso les costaría la vida.
Dispararon. El Dominus Sanzio Micael Vinci saco la mano derecha del bolso del mismo lado de su negra gabardina. Estiro el brazo y abrió la mano. Una diminuta esfera flotaba centelleando en tonos violáceos, se desvaneció en un círculo bidimensional negro que se dividió en dos. Ambos se interpusieron entre las balas y la persona a la que eran dirigidas. Las maquinas, tras cerrarse los agujeros, explotaron sin más aprovechándose de ciertas cualidades de la realidad y abusando otro tanto de la relatividad temporal en su despliegue.
Avanzó entre los amasijos de metal fundido, se decía a sí que debería conservar alguna máquina de esas. No tardo en contemplar la infantería enemiga, la cual eliminaba a los moribundos y quienes plantaban algún tipo de resistencia. Pronto repararon en el tipo del sombrero de ala corta y la esfera. Lo siguiente que vieron fueron sus propios corazones fuera del pecho pues sus sombras les traicionaron para acabar con ellos.
Los que pudieron se retiraron a toda prisa, algunos tropezaban y Sanzio disfrutaba con el miedo que empezaba a infundir. Bajo a las ruinas del segundo nivel para ser rodeado por varias decenas de soldados enemigos. Contemplo la antigua fortaleza en ruinas y los llanos llenos de cráteres en llamas. Una maravillosa desolación, pero le gustaba el lugar tal y como estaba antes, era tan bucólico.
Abrieron fuego, cientos de diminutos círculos negros rodearon al Dominus absorbiendo las balas, refulgieron en violeta para luego devolverlas. Para no ser tiradores de elite los discos negros eran muy precisos. Continúo lo que parecía el inicio de su imparable avance personal y la reconquista de su frontera.
Se encamino hacia las ruinas humeantes eliminando todo aquel que le disparaba, ya fuera hombre o máquina. Contemplo y se recreó en la guerra al tiempo que los miles de soldados de infantería lo observaban atónitos. La carga no se dejó esperar, la artillería rugió y el cielo pareció caerse en llamas.
Minutos después la puerta del cuartel avanzado confederado se veía destrozada por un cuerpo inerte. El jefe al mando de las tropas saco su pistola al ver a aquella figura negra avanzar a través de la puerta.
-Baje el arma-dijo Sanzio con calma-ya ha perdido ¿Qué sentido tiene derramar su sangre? Ahora usted y los restos de su ejército son mi nuevo juguete, ¿ve?-
Con la mano señalo el mar de fuego en el que se había convertido el llano y a los pies del cuartel, los soldados confederados permanecían doblegados, postrados ante su nuevo señor, por sus propias sombras.
Una esfera, de ser reclamada, no tarda en darse a conocer al mundo.




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